25/06/2026

Una carta de amor a Rocío Jurado, por Lidia García

Reconocerse antes incluso de conocerse: una parte de eso no sonaba tan distinta a lo que me sucedía a mí cuando me quedaba amarrada a la tele (y después a YouTube) oyéndote desgranar esas historias de amor que todavía no acababa de comprender. Antes de saber quién era, una parte de mí ya quería ser la silla vacía a la que cantabas en “Señora”, la cuerda de cualquiera de las guitarras que te acompañó en el “Qué no daría yo” de Azabache, el piano donde te apoyabas durante tu alucinante versión —con perdón de la Piquer— de “Mañana sale”. Al oírte, sabía que había un lugar para mí: un sitio donde era posible el arrebato, el desgarro, el exceso de ser una misma hasta el final.

Con los años, quise entender más ese lugar. Ese “mundo de ilusión que le debías a los mariquitas”, como tú misma le dijiste a Mercedes Milá. Leí tus declaraciones en las primeras revistas abiertamente LGTBIQ+ de nuestro país. En Pierrot te enorgullecías de “ser el símbolo del público gay y sentirte muy unida a él”, en Party decías que tus mejores amigos eran homosexuales y que “es el mejor público que se puede tener”. También explicabas, a cualquiera que preguntara, por qué Rocío Jurado se consideraba feminista sin ambages, por qué no le daba pudor cantar al desengaño, la rabia y el deseo de las mujeres.

¿Recuerdas, Rocío, aquella entrevista que te hizo Terenci Moix? Seguro que sí. Estabas sentada en un sofá de mimbre, desplegando autoconsciente tu poderío lleno de glamour (o tu glamour lleno de poderío). Él —que en su Suspiros de España (1993) te describió como “poderosa, magnánima, opulenta, extremada, barroca, volcánica”— en aquella ocasión te dijo: “Señora, tengo que excusarme porque le hemos mandado un coche, pero creo que tendríamos que haber mandado a catorce costaleros para que nos la trajesen”. En esa frase tan hiperbólica, marica y deliciosamente camp encontré mi propia fascinación: la de muchos. La misma sobre la que tantas veces ha escrito Alberto Mira, la misma a la que se refería Roberta Marrero cuando te llamaba “suma sacerdotisa de ese esoterismo del que habla la Sontag”.

Después de esas lecturas, de esos visionados y de mi propio trabajo de investigación, he vuelto muchas veces a tu legado. He podido escribir sobre tus aportaciones a la copla en el volumen colectivo Rocío Jurado: la voz que nos hizo sentir libres (Carlos Barea ed. 2026) y hasta he tenido la dicha de participar en la serie documental La más grande, el recorrido a tu impresionante trayectoria artística y personal dirigido por Alexis Morante que se estrena hoy en Movistar+. Sin embargo, a donde más vuelvo es a tus canciones. Regreso a la sensualidad de Un clavel y el homoerotismo de Mi amigo (bendito Rafael de León); a la valentía de Ese hombre o Amores a solas (larga vida a Manuel Alejandro). Quiero pensar que ahora las comprendo un poco más, pero te aseguro que el disfrute es el mismo. En realidad, siempre soy una niña fascinada cuando te escucho: una que no lo acaba de entender todo, pero que siente que hay un lugar para ella.

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