
A Bruno, un gato apenas nacido, me lo empecé a encontrar en 2005 en la puerta de Diario de Pontevedra maullando, pobrecito, sin madre ni sustento. Después de un día con él allí, lo llevé a casa por la noche y se quedó sobre el sofá con los ojos como platos mientras yo leía en internet cómo se criaba un gato y, ya lanzado, cómo podía criarme a mí mismo. Le enseñé la casa y le di un biberón de leche. Empezó entonces a quererme de manera irremediable, y yo a él.

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