01/08/2026

Considero que la cancelación de la obra de un artista por sus defectos morales es algo muy problemático de aceptar. Carezco de fe purificadora en las hogueras de libros, y quizá por ello hace poco volví a leer a Alice Munro. Confieso que aplazaba volver a leerla desde que supe del asunto de los abusos a su hija, un turbio episodio que salió a la luz pública tras morir la escritora canadiense. Ni ella ni el padre de la chica parecían haberse comportado con el mínimo rigor para afrontar el daño padecido por su hija cuando era niña, pero en lo que concierne a Munro, que los abusos los protagonizara el que era su pareja, y que siguió siendo su pareja hasta la muerte, aún lo empeoraba todo. Basta asomarse levemente para estremecerse de horror. Y, sin embargo, he vuelto a leer a Alice Munro. Entre otras cosas porque ya desde el origen me resultó equivocada esa reivindicación de su obra basada en una lectura superficial almibarada o en interpretaciones de militancia extraliteraria. Munro fue una escritora de la crueldad, de la frialdad, del distanciamiento. Y si sus cuentos son turbios, desasosegantes y ajenos a la idea de redención, ya estaban hablando de su perspectiva sobre la vida.

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