Nada como una banda de casi 30 músicos para despedir otra edición más de Bilbao BBK Live. El impresionante concierto de DELLAFUENTE, con el que el artista granaíno revisitó clásicos de toda su carrera adaptándolos a géneros como la salsa o el son cubano, fue la guinda del 20 aniversario del festival bilbaíno, el cual habría “cumplido con creces las expectativas”. Así lo aseguró Yurdana Burgoa, CEO de Last Tour, durante una convocatoria de prensa celebrada en la tarde del sábado. El balance final fue de 112.500 personas a lo largo de tres días y un incremento de “jóvenes menores de 35 años”.
Una parte del público a la que DELLAFUENTE apelaba completamente, pero que no reflejó en cantidad de aplausos lo que merecía la propuesta del autor de ‘BRIGADO,’. Quizás es porque, al igual que CMAT, su concierto ocurrió cuando la gente solo tiene el cuerpo para DJs, y no para un Tiny Desk masivo. Aun así, el sorpresón de Pablo Enoc no merecía menos de una ovación, pese a retrasarse casi media hora.
Todo giró en torno a un banquete -totalmente funcional, con comida y bebida real que iba pasando en una cinta como si de un buffet de sushi se tratase- que recordaba directamente a ‘La última cena’ y en el que DELLAFUENTE actuaba de anfitrión. Incluso hacía algún que otro milagro que fácilmente podía pasar desapercibido, como cuando convertía el agua en vino gracias a la magia moderna. Eso sí, el chándal no se lo quita nadie.
Quien esperase las canciones del artista en su formato original, más cerca del género urbano que de cualquier cosa de lo que sonó ayer, seguramente se decepcionase. El resto de nosotros no pudimos disfrutar más de temas como ‘Guerrera’ o ‘Consentía’, uno de sus más queridos, reconvertidos en piezas de salsa. Si no fuesen por las letras, estos serían totalmente irreconocibles.
Canciones como ‘Caravaggio’ o ‘Mi modo de vida’ son fieles a lo grabado en su último disco porque ya tienen el sabor tropical de fábrica, pero cualquiera que estuviese más cerca de un sonido digital, como ‘Agradecío’, es tuneada. Por lo demás, el show es un baño de alegría, obra de los maravillosos coristas cubanos que están durante la mayor parte al frente del escenario y se encargan de animar el ambiente. La pregunta es: ¿Para cuándo un Metropolitano así?
El otro gran concierto de la jornada fue todo lo contrario al maximalismo. Entiendo perfectamente por qué a mucha gente la obra de teatro musical de Lily Allen le parecerá aburrida o sosa, pero no todo tiene que ser fuego y sudor. A veces, basta con que te cuenten una buena historia. Y si tiene tanto salseo como esta, más que mejor.
La gira de ‘West End Girl’ ha sido muy viral en redes, tanto por su concepto como por la breve duración de sus shows, incluso en su versión en Wembley. Todo es cierto. El concierto dura exactamente 44 minutos, lo mismo que el LP, y es pura narrativa. Respecto a esto, fue un gran añadido el de proyectar las letras en español. Quien entrase al espectáculo sin tener ningún tipo de contexto, habrá flipado con todo lo que cuenta la artista británica.
El escenario es ciertamente sobrio, con toda la acción ocurriendo en el mismo setting, pero siendo amenizada de formas sutiles: el famoso vestido hecho con recibos de David Harbour, las piernas con tacones que Allen se encuentra en la nevera durante la preciosa ‘Relapse’ o el descubrimiento de todos los juguetes sexuales que menciona en ‘Pussy Palace’, desde unas esposas hasta un plug anal. Además, me pareció increíble traducir el título del tema como “palacio del chocho”.

Tal y como le recriminaban en redes, Lily Allen no se desvía del transcurso del show ni para dar las gracias, pero viendo el producto íntegro está claro que no todos han entendido su propuesta. Una actriz no sale del personaje durante la función, y esta actriz no puede estar más dentro de su papel. ¿Podría haberlo hecho todo de una manera más espectacular, acorde al estándar del pop? Quizás. ¿Podría haber aprovechado para soltar algunas palabras sobre las relaciones sanas o para cagarse en la familia de su expareja? ¿Para qué? Ya lo dice todo en las canciones.
La noche había empezado con los disfrutables conciertos de IDLES y Nu Genea, que al celebrarse a la vez fueron como el día y la noche. El primero era parecido a un combate de boxeo multitudinario y político -esa grandísima ‘Danny Nedelko’- mientras que el otro te transportaba directamente a la edad dorada del funk y disco italiano, siendo el concierto perfecto para no saberse ninguna canción. Sin embargo, el resto de la jornada no fue tan triunfal como al caer el sol.
El calor se apoderó del recinto en su apertura, pero esto no impidió que alrededor de 9000 personas decidiesen subir a Kobetamendi a las 18h para el concierto de Bigger Splash. A estas alturas, todo el mundo sabe que en realidad se trata de Arde Bogotá. Entre manguerazos al público, el grupo murciano anunció que su próximo disco, ‘Manufacturas del Club de la Gente Sola’, estará disponible el próximo 2 de octubre. Poco después, Barry B se descubriría como la última sorpresa de la edición. Hace dos años, estrenaba ‘Yo pensaba que me había tocado Dios’ en el festival, cuando nadie la conocía. Ayer, lo difícil era encontrar alguien que no se la supiese entera.

El pinchazo llegó con el show de Ralphie Choo, el mismo que nos enamoró con su debut en el Movistar Arena. Aunque mantuvo de forma acertadísima su formación de músicos, el visionario artista parecía estar totalmente apagado, como desconectado de su actuación. No se sabe si esperaba más del público, como parecía durante ‘PESO BRUMA’, o si tenía la cabeza en otro sitio. Tratar el micro como si fuese un lazo de cowboy o hacer los bailes más extravagantes entraba dentro de lo esperado. Saltar a la comba con el cable ya generó dudas. La falta de cante en temas como ‘WHIPCREAM’ o ‘BULERÍAS DE UN CABALLO MALO’ confirmaba que no era su día. Aunque Ralphie siempre regale una sección final llena de clásicos modernos, desde ‘VOYCONTODO’ hasta ‘BBY ROMEO’, el amargo sabor de boca era difícil de tapar.

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