Encuentro dos enormes sesgos en las críticas, mayoritariamente negativas, en torno a la obra de Gracie Abrams. El primero tiene que ver con su condición de nepobaby, que parece ensombrecer la recepción de su música al negarle cualquier proceso creativo: Gracie ha nacido en Hollywood, así que su obra no puede ser fruto del talento. El segundo afecta a su performance de la histeria femenina, a la que se acusa de carecer de autenticidad; como si esa performance tuviera la obligación de ser autobiográfica para resultar creíble.
Como el insufrible disco de Maisie Peters, el principal problema de ‘Daughter from Hell’ es que es el típico lanzamiento pop que se apropia de la estética del folk y de la figura de la singer-songwriter para emular una profundidad que rara vez alcanza. A fuerza de metáforas y de una ambigüedad constante, muchas canciones dibujan emociones reconocibles, pero muy pocos personajes. No hace falta escribir un diario para conmover, pero faltan detalles y especificidad.
Así, pasajes como el de ‘Break My Heart’, que parecen jugar con el concepto de ideación suicida («No difference to you, but you just broke my heart / And I’m gonna tell you the truth, it almost all went dark»), prefieren mantenerse en la ambigüedad, mientras ‘Men Like You’ resulta demasiado inofensiva en su exploración de la traición femenina. Y eso que el tema promete.
Ese carácter generalista se percibe especialmente en ‘Hit the Wall’, el mejor single de esta era, que abre el disco recurriendo a metáforas médicas y psiquiátricas muy medidas. Aquí la performance de la histeria femenina funciona gracias a la fantástica melodía compuesta por Gracie y Aaron Dessner. Y no, no necesita ser real ni autobiográfica para emocionar. Al fin y al cabo, esa tradición de mujeres al borde del colapso atraviesa la literatura y la música, de Sylvia Plath a Tori Amos o Fiona Apple: lo importante no es cuánto hay de confesión, sino cuánto convence la interpretación. El problema de ‘Hit the Wall’ es que su producción resulta demasiado pulida y calculada para transmitir el desgarro que busca, aunque melódicamente siga siendo una buena canción.
Ese enfoque contenido informa también toda la propuesta musical de Gracie. Concebido junto al omnipresente Aaron Dessner, el disco vuelve al folk-pop atmosférico heredero de ‘folklore’ y ‘evermore’, donde la suma de pianos melancólicos, guitarras rasgueadas, percusiones sutiles y crescendos casi imperceptibles construye un dramatismo siempre contenido.
Pero quizá la saturación del sonido Taylor Swift impida percibir que aquí también hay buenas canciones, aunque el conjunto resulte demasiado monótono. ‘Death Wish’, con versos como «Til you twist the knife with a smile while you kill me», acierta al acercarse a un folk más rítmico; ‘Look at My Life’ funciona muy bien en una faceta más synth-pop; y baladas como ‘Good Reason’ o la final ‘Cold Goodbyes’ son sencillamente bonitas, sin necesidad de aspirar a mucho más.
Lo que falta es dinamismo. Da la impresión de que Gracie confunde hacer un disco de folk con hacer un disco plano, y el tramo central de ‘Daughter from Hell’ se hace especialmente arduo porque canciones como ‘Men Like You’, ‘Mews’ o ‘Affliction’ suenan como variaciones de lo mismo. Cuesta justificar que el álbum se alargue hasta las 17 canciones. Cuando llegan ‘Imaginary Friend’ o esa susurrada ‘Humming’, ya se hace evidente que Gracie y Dessner están estirando el chicle demasiado.
Por eso acaban destacando precisamente las canciones que se salen un poco de la línea general. No solo la mencionada ‘Look at My Life’, sino también las que exploran otros territorios. Hay que subrayar la pista titular, dedicada a su madre («I want your metal / I want your goodness»), sostenida sobre una base de guitarras distorsionadas que recuerda a algunos de los experimentos más accesibles de Ethel Cain; y, sobre todo, ‘Minibar’, el aporte de Audrey Hobert al conjunto, que infiere al disco un sentido del humor y ligereza muy necesarios.
Es cierto que Gracie Abrams todavía no parece tener una voz artística completamente propia y que su música sigue sonando, por momentos, como un intento de dialogar con los universos de Taylor Swift y Phoebe Bridgers y de conectar con el mismo público. También es verdad que ‘Daughter from Hell’ permanece demasiado ligado a una fórmula ya muy reconocible y que abusa de melodías y desarrollos previsibles. Pero aquí también hay buenas melodías, letras maduras, interpretaciones sentidas y criterio musical. ¿Es Gracie la hija del infierno? Seguramente no. Pero su performance tampoco se le da muy mal.

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