Paula Reyes y Adriana Ubani, de Pipiolas, están en un momento «muy raro». Acaban de lanzar su segundo disco, titulado de forma homónima, y se preparan para dar el que es, de momento, el único concierto que tienen programado para 2026. Ningún festival ha decidido incluirlas en su cartel. Como recogía nuestro redactor Jordi Bardají en la reseña de ‘Pipiolas’, los lectores de este medio las consideran «las tapadas del pop español». Ellas lo confirman.
Pipiolas aseguran que se van a dejar «todo» en el concierto que tienen este viernes 8 de mayo en la Sala Changó, como parte de la programación de Ochoymedio: «Independientemente de que fuera el primero de 1500 conciertos este año, va a valer mucho la pena, porque es una primera vez», cuenta Adriana. Su interesante mezcla de influencias musicales, desde el pop ochentero hasta el new wave, humor e irreverencia, sin embargo, no parece encajar en una industria empeñada en catalogar todo lo que pasa por ella.
Así, la conversación con Paula y Adriana comienza de forma improvisada, recordando la polémica que vivió La Paloma al afirmar en una entrevista de este mismo medio que conocían «la precariedad del indie» y que no la querían. «Ser indie es ser independiente, no es un tipo de música. Y es normal que nadie quiera ser indie de manera permanente», apunta Paula.
La charla evoluciona tratando temas como la diferencia entre proyecto y producto, las comparaciones vacías, el lado malo de ser unx románticx y la nostalgia de los 80 en Madrid.
De la gente que he entrevistado y que está en alguna major, nadie se ha quejado de no poder hacer lo que quieren.
Paula: Es un tema de qué prefieres ser, cabeza de ratón o cola de león. Hay un punto en el que, mira, si hay que ser cola de león, no para forrarme, pero para poder llegar a fin de mes haciendo lo que somos, músicos o artistas, pues tío… No estás renegando de lo que estás haciendo.
Adriana: Para mí también hay una diferencia muy grande entre proyecto y producto, porque producto somos todos, en el sentido de que tú creas algo que quieres que la gente consuma, aunque se use la palabra ‘producto’ como algo despectivo.
P: Para mí es todo lo contrario. Yo estoy muy en contra de que se utilice la palabra ‘consumir’ en el arte. Me choca con el significado real de lo que son las piezas artísticas, y decir que algo es consumible me parece que es decir que se agota. Yo no quiero ser consumible, yo quiero ser escuchada y leída.
A: En el concepto como tal de lo que estamos hablando, estoy totalmente de acuerdo contigo. En lo tangible, en el mundo real en el que vivimos, no funciona así.
Si estuvierais en una multi, vuestro equipo pensaría que sois un producto y querrían que la gente comprase vuestro proyecto. ¿No podría ir de la mano con la visión artística?
P: Para mí, la palabra producto mata eso.
A: Eso no significa que te tengas que convertir en algo supermoldeado para que quepa en todos lados y sea consumido por todo el mundo, pero si tienes una estrategia de venta, eres un producto.
P: Entiendo lo que dices, pero no lo comparto ni quiero formar parte de llamar producto a todo lo que tenga que ver con el lenguaje artístico. Efectivamente, hay que comer, pero la capitalización del arte es otro tema.
«Investiga toda la gente a la que nos han dicho que nos parecemos y dime tú que coño tienen que ver Madonna y Ginebras»
¿Hay proyectos artísticos, musicales, que sí son productos para ti?
P: Si el artista, que es quien genera la pieza, la crea y la conforma, está tomando las decisiones, no es un producto, sino una decisión artística. Otra cosa sería que a alguien le digan «canta esto así».
A: Entonces estás quitando que lo bien o mal que canta una persona, la presencia escénica y todo lo que hace para interpretar sea algo artístico. Creo que hay tantos matices que es complicado que cualquiera de nuestras visiones particulares sea cien por cien la realidad. Ahora parece que somos como diametralmente opuestas.
P: Es la primera vez (risas).
Estáis en un sello, Elefant, que comparte bastante esta visión del arte como algo valioso.
P: Son unos románticos, totalmente, y unos revolucionarios. Esto tiene sus pros y sus contras.
¿El ser románticos?
A: Nada de lo que hemos elegido estudiar o a lo que nos dedicamos Paula y yo lo hemos hecho por forrarnos, porque si no nos hubiéramos equivocado en todas las carreras y profesiones que hemos tenido. Si yo me hubiera metido a actriz, o Paula a literaura, para eso… Entonces, hay una parte menos fácil para tener una tranquilidad mayor de la que tenemos ahora mismo. Evidentemente, esto viene de la mano de todo lo que estábamos hablando.
P: Para tener un poco de oportunidades en la industria, porque está todo ya vendido. Está todo ya colocado. Hay que ser realista, no hay mucho hueco.
Me sorprendió muchísimo ver que solo tenéis un concierto programado este año, de momento, porque vosotras público tenéis.
P: Llega un punto en el que empezamos a preguntarnos muchas cuestiones filosóficas y de definición de nosotras mismas. No hay hueco para lo que estamos haciendo, pero lo que estamos haciendo tampoco es tan, tan raro.
A: Evidentemente, hay mucha gente que hace cosas similares a nosotras, pero la ecuación concreta que hemos elegido nosotras tiene lo bueno y lo malo, que es que no tenemos un referente con el que poder guiarnos. Sí, nos parecemos a Rigoberta, pero no hacemos lo que hace Rigoberta. Ni en la puesta en escena, ni en la música exactamente.
P: Cuando te sientas con gente para buscar un mánager o lo que sea, ven esto como una posibilidad y como un abismo a la vez. Sin creernos el rara avis de nada, pero hay que elegir un camino totalmente propio ahora mismo y para eso se requiere mucha energía, mucha atención y, seguramente, mucho dinero. No tenemos ninguna de las tres. Y la cuarta, la suerte, tampoco.
Las canciones, pegadizas son. Y sí que se ve mucha eclecticidad, muchas influencias diferentes que sí se pueden remitir a según qué artistas.
A: ¿Tú sabes cuando dicen: Si te gusta no sé quien, este nuevo artista te va a encantar? A nosotras, en vez de decir uno u otro, son 37 artistas. Entonces, entiendo que alguien diga que le gusta La Casa Azul, pero no Alaska y Los Pegamoides, a pesar de que puedan tener algo que ver.
P: Si tienes tiempo, investiga toda la gente a la que nos han dicho que nos parecemos y dime tú que coño tienen que ver Madonna y Ginebras.
A: Somos chicas y hemos hecho una canción un poco más pop-rock: Ginebras. No. Somos amigas, hemos sido teloneras, tenemos una colabo… No nos parecemos en nada ni ellas a nosotras, y no pasa nada.
P: Vemos también muy perdida a la gente que habla de nosotras, porque no nos sentimos identificadas con que entren a buscarnos una comparativa, no por nada, sino porque genuinamente no se parece. Quizás la eclecticidad puede tener su propio nombre, ¿no? Parece que no hay hueco para una nueva era de música y siempre tiene que haber como una reminiscencia de algo.
A: También entiendo que ahora mismo hay tantísimo de todo que la gente necesita hacer categorías para guiarse. Antes, en el recreo te daba tiempo a verte todos los videoclips nuevos en YouTube y si te gustaba Linkin Park eras un outsider de la vida.
P: Con Cecilia nos comparaban al principio también. Mi padre, encantado.
A: Y Wet Leg. ¡Wet Leg! Que me encantan, pero no tenemos nada que ver.
P: Me llevaría más a Camp Rock incluso, te lo digo.
«Te sientes una impostora porque el interés que hay es completamente genuino, pero no llegamos a la gente»
Al menos lo pasáis bien, ¿no?
P: No, ahora no.
A: Es una putada por lo que estábamos hablando antes, sin entrar en mercantilización ni nada.
P: Cuando eres novedad, no estás muy definida y te pagan una miseria, pues claro, te meten en muchos festivales. Cuando pasas a ese lugar mediano en el que el caché tiene que ser un mínimo para que haya algo digno y poder pagar a tus músicos, técnicos, etc… De repente, noto que tenemos muchas puertas cerradas. Un Embassa’t. No, son muy modernas. Un BBK. No, no son muy rockeras. Un Sonorama. No me preguntes por qué el Sonorama ni lo hemos pisado. Estamos tristes porque ha salido Sound Isidro y no entendemos cómo no estamos ahí. Nos pillas en un momento…
A: Muy raro.
P: Muy inseguro.
¿Cómo planteáis esto con vuestro sello?
A: Hay una parte muy bonita y muy necesaria de que Elefant entienda así la música, pero confían tanto en esto del tiempo al tiempo y de que las cosas van llegando, que hay una parte de promo y de venta que no es compatible con cómo se entiende ahora mismo la industria: o estás medianamente presente o la gente se olvida de que existes.
P: Por eso está bien separar. Nosotras teníamos un 360, pero no funciona.
A: Eso es cuando tiene un contrato editorial, de booking, management, todo con la misma discográfica.
P: Por eso estamos buscando booking y management fuera de Elefant. Es esta dualidad entre compartir cien por cien el romanticismo de nuestro sello con la forma de hacer música y la búsqueda de intentar meter cabeza en un espacio que debería también de pertenecernos. Sacar la cabeza de la precariedad.
Pintáis una imagen oscura porque vuestro grupo tampoco es que sea experimental. Iba a decir que no es de nicho, pero ya no sé ni lo que significa eso.
P: Es que si fuéramos de nicho, tendríamos un público. Sería una cosa de hacer un concierto al año en un sitio y se peta y tal, pero la gente se piensa que si no nos ve en un festival, nos podrá ver en otro. Y no amor… Lo que más nos despista, y que casi a la vez me frustra, es que cada vez que hablas de esto todo el mundo frunce el ceño. ¿La gente se puede dejar de sorprender y nos puede dar trabajo?
Claro, dices que la gente os percibe como un grupo que vive totalmente de esto.
P: Te sientes siempre una impostora, porque el interés que hay es completamente genuino. Tú dices: ¿Cómo puede ser que te hagan una editorial aquí, que te saque El País, que te saque El Diario, que te saque El Mundo…? Hay una apreciación real de lo que hacemos a nivel cultural y nos llena de orgullo, incluso dentro de la propia industria. Nos sentimos superconsideradas. El problema es que, por lo que sea, no llegamos a la gente.
«¿La nostalgia de los 80 es un poco facha o los referentes que nos quedan ahora mismo de los 80 son fachas?»
Cambiando de tema… Os he visto hablar de la nostalgia de los años 80 a propósito de la música del disco, pero sigue habiendo algo muy moderno ahí. Está de moda.
P: Claro, es que la nostalgia de los 80…
A: Tiene una cosa un poco facha de la movida madrileña.
P: Sí que partía desde una irreverencia que en ese momento…
A: ¿Tú crees que la nostalgia de los 80 es un poco facha o que los referentes que nos quedan ahora mismo de los 80 son fachas? Porque siendo como muy sota, caballo y rey, parte de la irreverencia y de la libertad que hubo también tuvo muchísimas cosas negativas, como la gente que se venía de los pueblos a la libertad de la gran ciudad y acababa en drogas y horror, pero había una parte de que eso era la libertad que buscaban. Yo creo que la parte facha que tiene el echar de menos esa época es porque los referentes fuertes que nos quedan son todos fachas.
Hace poco, algunas de esas personas dijeron en una entrevista que lo de representar a la comunidad LGBTIQ+ lo hacían por ellos mismos, que no se veían referentes de nada.
P: Tener nostalgia de eso es lo que creo que es facha, porque la gente habla con una moralidad superior de los 80. Ha quedado superfascista y supermoralista lo de «eso sí que era libertad y no lo que hay ahora». En los 80, no había libertad absolutamente. El acto de querer ser libre en sí era lo irreverente y lo que queremos traer, pero el término ‘libertad’ es un símbolo. Vemos cómo la ultraderecha lo utiliza, aquí en Madrid. ¿Libre para qué? ¿Libre para abolir los derechos de los demás? «Yo era gay, solo era gay y no luchaba ni pertenecía a ningún colectivo». Eso se llama privilegio y ser pijos. Entonces, no hay una nostalgia de esto, sino del acto de ser irreverente. No queremos traer de vuelta la movida madrileña.
La cosa es que ahora lo irreverente es ser facha.
A: Sí, ahora lo más incómodo es ser facha. Parece que la libertad va de la mano de la propia acitud y no de lo que de verdad defiende. Creo que tiene que ver con eso y también, y esto ya es una cosa superdensa, con la manía que tenemos en este país de hacer sentir tontos a los jóvenes cuando no entienden la política. Evidentemente, funcionan muchísimos más discursos que son muy simples, y yo entiendo que haya niños de 15 o 16 años que vayan con la ultraderecha porque, como mínimo, te pueden asegurar que el discurso lo entienden. Como lo entienden, no les interesa nada que sea medianamente céntrico o de izquierdas porque es mucho más complicado.

Más historias
Mitski, la estrella más improbable de la última década – jenesaispop.com
Demi Lovato, ADÉLA, KATSEYE, Xoel, Quevedo… en el top 40 de JNSP – jenesaispop.com
Michael Jackson y Guitarrica resisten el huracán Quevedo