¿Qué han estado haciendo los chicos de ‘Euphoria’ después del instituto? Con esa pregunta arranca la tercera temporada de la serie más exitosa de HBO. Rue/Zendaya responde: “Nothing good”. Lo que sigue es la ilustración de ese “nada bueno”. El rumbo que han tomado sus vidas no podría ser más coherente desde un punto de vista dramático: Rue trafica con drogas, Cassie se dedica al porno, Nate se mueve en negocios turbios y Jules pinta y ejerce de sugar baby.
Quienes acusan a Sam Levinson de haber dado un volantazo absurdo parecen olvidar la deriva que ya había tomado la segunda temporada. El director pone las cartas sobre la mesa desde el primer episodio: cuando Rue salta la valla fronteriza de la forma en que lo hace; cuando vemos en un televisor, a modo de premonición, una escena de enterramiento hasta el cuello propia de los spaghetti westerns y del cine grindhouse (las referencias a ‘The Candy Snatchers’ son constantes); o cuando irrumpen los primeros compases de la nueva banda sonora compuesta por Hans Zimmer sobre las espectaculares imágenes rodadas en 35 mm y 65 mm con la nueva emulsión Kodak Verita 200D (es una serie que habría que ver en cine, por lo menos el impresionante último episodio).
Y es que, por mucho que les pese a los fans más inmovilistas, ‘Euphoria’ ya no es aquel melodrama adolescente, estilizado y existencialista de sus inicios. Esto no es ‘Al salir de clase’, donde actores con problemas de próstata y plan de pensiones seguían interpretando a colegiales. Como ya sugería el cartel promocional, la serie se ha transformado en otra cosa: una gozosa e hiperbólica sátira de ecos tarantinianos, a medio camino entre el thriller criminal y el neo-western, poblada por narcotraficantes, proxenetas, mafiosos, neonazis y prostitutas como Rosalía, con collarín falso y retórica de la Veneno: “¿Qué haaablas? ¿Hood rat de qué, peazo puta?”.
Por mucho que haya cambiado de tono y de registro, la tercera temporada de ‘Euphoria’ conserva las mismas fortalezas y debilidades que las anteriores. Levinson sigue siendo mucho mejor director que guionista. Las tramas acumulan más hilos sueltos que el videoclip de ‘The Cure’ de Olivia Rodrigo. Al creador le cuesta equilibrar el peso de personajes y subtramas, y la profundidad de su discurso es menor de lo que él mismo parece creer.
Por el contrario, su dominio de la puesta en escena y su inventiva visual resultan portentosos. Pocos creadores televisivos contemporáneos poseen una capacidad semejante para construir imágenes memorables, combinar referencias cinematográficas de todo tipo (del misticismo de Malick a la serie B tipo ‘El ataque de la mujer de 50 pies’) y convertir cada episodio en una experiencia visual tan exuberante como imprevisible. Incluso cuando el relato se tambalea, la serie sigue avanzando impulsada por una energía estética apabullante.
En un ecosistema audiovisual cada vez más dominado por los algoritmos, las franquicias y los productos diseñados para contentar a todo el mundo, series tan personales, excesivas y visualmente ambiciosas como ‘Euphoria’ siempre se echan de menos cuando desaparecen.

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