
Una noche de 1993 una criatura de 12 años llamada Polly Klaas fue secuestrada por un hombre en su propia casa en Petaluma, California. La acompañaban dos amigas con las que celebraba una pijama party y su hermana de seis años. El hombre las maniató, pero solo se llevó a Polly. El cadáver de la niña fue hallado meses más tarde. El caso tuvo una repercusión decisiva en el endurecimiento de las penas no solo en caso de asesinato sino de las referidas a delitos menores, recayendo la dureza sobre la población negra o con problemas mentales. La exhibición mediática del caso Klass fue determinante en la afición popular a las ficciones o documentales sobre asesinatos: la imagen de aquella niña rubia de clase media avivaba los miedos tan arraigados en la sociedad americana a la invasión del hogar por extraños. Hace unos meses, Annie Nichol, la hermana de Polly, publicó un artículo en The New York Times reflexionando, 30 años después, sobre cómo la incesante explotación audiovisual del final trágico de su hermana había condenado a su familia a una vida sin sosiego. Incluso hoy, siguen dirigiéndose a Nichol para escarbar en sus recuerdos, no sin antes ofrecerle a cambio algún detalle siniestro que ella preferiría desconocer, pero guarda a buen recaudo los momentos íntimos de aquella relación truncada. Con una serenidad admirable, la hermana de Polly escribe sobre la apropiación del dolor, y sobre cómo esta afición colectiva en el relato de crímenes reales ha despertado más anhelos de venganza que afán de reparar el daño causado a los que se quedan.

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