En abril de 1929, la princesa Isabel, futura reina Isabel II, apareció en la portada de Time, publicada con motivo de su tercer cumpleaños. El retrato, realizado por el fotógrafo de sociedad Marcus Adams, que ya la había fotografiado por primera vez para Vogue dos años antes, capta a la heredera con un vestido de juego en tonos pastel, un collar de perlas y gesto de indiferencia. El titular reza: «P’incess Lilbet, ha puesto de moda el amarillo para las niñas», mientras que en el interior de la revista se cita a una vendedora de H Gordon Selfridge’s que asegura: «Todas las madres quieren comprar un vestidito amarillo o un bonete color prímula como el de la princesa Isabel».
No deja de ser curioso que Isabel ya vistiera un uniforme característico sin saber siquiera deletrear su propio nombre. A lo largo de las siguientes diez décadas, Isabel II confiaría en los modistas de la corte Norman Hartnell, Sir Hardy Amies, Sir Ian Thomas, Stewart Parvin y Angela Kelly para que le confeccionaran conjuntos en todo tipo de colores llamativos, desde la blusa de arlequín en lentejuelas multicolores que llevó para el Royal Variety Performance de 1999 hasta el traje de falda verde neón que luciría en el balcón del Palacio de Buckingham para el Trooping the Colour de 2016. Todos sus looks, del sombreo al bajo, estaban específicamente diseñados para que la reina, con su 1,70 m de estatura, siempre destacara entre la multitud. De ahí que sus primeros impermeables fueran de plástico transparente, al igual que los paraguas de años más tarde.
Queen Elizabeth II at the Epsom Derby racecourse in June 1978.Derek Hudson/Getty Images

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