La de Laura Lagraña (Barcelona, 1995) –aka Culitomatón– es una revolución silenciosa. Decidida, pero silenciosa. Su obra es un soplo de aire que se mueve en la dirección completamente opuesta a la que se mueve todo lo demás: en un escenario gris, aburrido y acelerado, sus piezas son coloridas, divertidas y lentas. La artista, que actualmente reside en Bilbao, ha encontrado en la cerámica el medio que mejor le permite armar su vibrante universo de figuras hedonistas, absurdas y surrealistas. “Empecé a estudiar ilustración, pero teníamos una optativa de cerámica y me enganché muchísimo porque me di cuenta de que podía pasar del 2D al 3D”, reconoce. Pero a pesar de su temprano idilio con este frágil soporte, Lagraña es consciente de la particularísima naturaleza que tiene. “He escogido una disciplina que me flipa y me siento súper conectada a ella. Pero aún así no es un material agradecido, te puede pasar cualquier cosa –incluso te pueden explotar las piezas en las que has trabajado muchísimo–, y juega un poco con tu paciencia y con tu límite de tiempo. Es algo delicado y no es para todo el mundo. Yo doy clases en un estudio de cerámica y hay gente que viene para relajarse y yo pienso: ‘ostras, pues igual tienes que tener un poco de desapego al objeto’”.
A día de hoy Lagraña sigue arrancando su práctica con la ilustración, aunque siempre en un formato muy discreto. Luego ya es, a través de la cerámica, cuando sus criaturas cobran volumen y, sobre todo, ganan en tamaño. “Normalmente hago dibujos muy chiquititos, aunque luego mis piezas son más grandes, pero me alivia mucho poderlo manejar en pequeño”, revela. Esos bocetos son el germen de unas esculturas alocadas y juguetonas, que parecen directamente sacadas del sueño de una niña muy pasada de azúcar. Una referencia con la que ella se siente muy identificada. “Nunca he sabido muy bien por qué hago lo que hago. Me divierto muchísimo pensando en esos personajes, imaginándome las texturas que pueden tener. Es como que conecto muy heavy con la Laura pequeña y siento que estoy trabajando con ella de la manita. Para mí es una especie de terapia, es como jugar con la niña que todas llevamos dentro”, afirma. Ese espíritu lúdico permite establecer una conexión muy directa con sus piezas: sus seres hablan el mismo lenguaje que todos hemos hablado alguna vez… aunque no lo recordemos. Un acercamiento artístico que, aunque no puede ser más accesible, paradójicamente, no es demasiado frecuente en el mundo del arte que, muy a menudo, utiliza una narrativa mucho más obtusa e ininteligible.
La cerámica ocupa, por ahora, toda su práctica y la artista no tiene previsto probar con otros soportes más allá de eventuales experimentos. “La pintura me da mogollón de vértigo. Me parece muy complicada y cuando lo he intentado creo que no era el momento”, reconoce. A lo que sí que se aventura es a mostrar esos trabajos previos que hace en forma de pequeños dibujos y, aunque aún no se atreve a mostrarlos en un espacio expositivo conviviendo con sus piezas, sí lo hace a veces en su cuenta de Instagram para desvelar esa forma primitiva de sus obras. “Es una puerta estupenda para conocer a gente de diferentes sitios que hace cosas que no sabías que podían existir”, opina sobre la red social, aunque al mismo tiempo tiene sus reservas hacia esa tendencia que campa a sus anchas en la plataforma –a veces inevitable– de convertir casi todo en marca personal.
Ahora Culitomatón acaba de inaugurar una exposición en la galería madrileña Yusto/Giner que podrá visitarse hasta el próximo 30 de diciembre. Bajo el título Voy despacio. Llevo 1 olla con sopa, la artista profundiza en su particular cruzada a favor de la lentitud. “El título lo saqué de un meme de una persona que había puesto ese cartel en el maletero del coche. Me hizo muchísima gracia y pensé: ‘¡es que soy yo!’. Realmente me sentí muy identificada con esa foto, a veces me siento asfixiada por todos los inputs que hay, es muy loco. Es como si estuviera en una autopista en la que los coches fueran superrápido mientras que yo aún estoy procesando que se está acabando el otoño”, explica la artista. Allí están expuestas varias de sus criaturas de cerámica esperando a que empiece la fiesta.
Además, la artista arrancará 2026 con otro proyecto bastante particular: “He estado haciendo unas piezas para el restaurante Mugaritz. Me pidieron que hiciera unos personajes que representaran unos elementos de un plato y los sacarán el año que viene”, desvela. Las criaturas de Culitomatón parecen decididas a invadir con su luminosidad cualquier parcela que se propongan.
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