Las aplicaciones de citas nacieron con una promesa difícil de rechazar: ampliar nuestras posibilidades de encontrar pareja. Gracias a ellas, conocer a alguien dejó de depender exclusivamente del azar, de los amigos en común o de coincidir en el lugar adecuado en el momento oportuno. Bastaba con un teléfono móvil y conexión a Internet para acceder a cientos, incluso miles, de potenciales candidatos. Nunca antes había sido tan fácil conectar con otras personas. Sin embargo, algo parece haber cambiado en los últimos años; mientras las plataformas continúan siguen acumulando millones de usuarios en todo el mundo —aunque cada vez menos— crece también una conversación paralela sobre el agotamiento emocional que generan.
La sensación resulta familiar para cualquiera que haya pasado una temporada navegando entre perfiles. Conversaciones que se extinguen antes de empezar, encuentros que nunca llegan a producirse, la impresión de estar participando en una dinámica repetitiva y, sobre todo, una extraña paradoja: disponer de más opciones que nunca y sentirse, sin embargo, más desconectado. No se trata de cuestionar la utilidad de estas herramientas —muchas parejas estables se han conocido gracias a ellas— sino de preguntarse por qué cada vez más personas describen la experiencia como emocionalmente agotadora. De hecho, Tinder lleva varios trimestres registrando una caída en sus usuarios de pago y en su actividad. Solo en 2025 perdió alrededor de un 8 % de sus suscriptores de pago y sus usuarios activos mensuales descendieron cerca de un 9 %, según Match Group.
La respuesta probablemente tenga menos que ver con el amor que con la forma en que nos relacionamos con el deseo, la atención y el consumo en una sociedad marcada por la inmediatez.
Cuando encontrar pareja se parece demasiado a hacer la compra
En Modern Romance (2015), el sociólogo Eric Klinenberg y el humorista Aziz Ansari analizaban cómo la tecnología había transformado radicalmente la búsqueda de pareja. Si durante generaciones las posibilidades amorosas estaban limitadas al entorno más cercano, internet amplió de manera exponencial el abanico de opciones. Lo que entonces parecía una conquista de la libertad romántica ha terminado revelando algunos efectos inesperados.
Uno de ellos fue descrito por el psicólogo Barry Schwartz en The Paradox of Choice (2004). Su teoría sostiene que, aunque solemos asociar una mayor cantidad de opciones con una mayor libertad, existe un punto a partir del cual la abundancia empieza a generar ansiedad. Cuantas más posibilidades tenemos, más difícil resulta decidirnos y mayor es la sensación de que podríamos estar equivocándonos.
Es una idea que encaja con el funcionamiento de las aplicaciones de citas. Porque, aunque la lógica nos dice que disponer de miles de perfiles debería aumentar nuestras probabilidades de encontrar una conexión significativa, la experiencia cotidiana parece apuntar en otra dirección. Cuando cada persona puede ser sustituida por otra con un simple movimiento de dedo, el proceso de elección se vuelve infinito.

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