A medida que vayamos ganando silencio mental iremos notando mayor claridad en la toma de decisiones, un mejor manejo de las emociones sin acudir a las reacciones impulsivas, nos sentiremos más ligeros y enfocados, y actuaremos desde la calma generando, al mismo tiempo, interacciones más positivas. Además, ganaremos en creatividad porque la claridad mental disminuye el estancamiento y facilita la aparición de nuevas ideas –también relacionadas con otros enfoques en la resolución de problemas–.
A cada tipo de ruido, una estrategia diferente
El ruido puede ser físico –obras, llamadas telefónicas, compañeros que hablan alto– o figurado, es decir, una falta de “silencio” o de calma motivada por conflictos con compañeros, con los líderes o con nosotros mismos. Por tanto, en cada caso las herramientas que poner en marcha serán diferentes. Así, para situaciones de ruido físico Díaz nos propone una serie de herramientas que nos ayudarán a mantener la calma interior incluso en entornos ruidosos, optimizando tanto la productividad como la claridad mental:
Barreras auditivas: Como auriculares con cancelación de ruido o escuchar música instrumental suave.
Pequeñas rutinas de atención plena: Realizar breves ejercicios de respiración o focalizar la atención en un estímulo concreto (como la postura o la respiración), lo que ayuda a bloquear distracciones externas y recuperar el enfoque.
Aceptación activa: Reconocer que el ruido existe y que no siempre puede controlarse, centrándose en la propia respuesta ante él. Cuando sí es posible influir –por ejemplo, si un compañero habla demasiado alto– se puede promover un cambio desde la asertividad, pidiéndole amablemente que reduzca el volumen de su voz.
Evitar el ruido cuando sea posible hacerlo: Cambiar temporalmente de lugar de trabajo en lugar de soportar una situación que puede modificarse.
Ahora, cuando el ruido está motivado por conflictos interpersonales o liderazgos desafiantes, la situación adquirirá un punto extra de complejidad, ya que hará falta poner en marcha herramientas más específicas. La psicóloga cree preciso empezar por la comunicación asertiva, clave para expresar necesidades, establecer límites y gestionar desacuerdos de forma clara, empática y respetuosa, evitando la confrontación temida e innecesaria. Pero, para llegar ahí, primero hará falta reestructurar interpretaciones que pueden estar distorsionadas –“siempre me ignoran”– para evaluarlas de forma más objetiva y equilibrada. Para esto, nos podrá ayudar hacernos preguntas tales como “¿qué pruebas tengo a favor y en contra de esa interpretación?” “¿qué le diría a un amigo si interpretara la situación como yo?” o “¿qué otra explicación sería más realista y creíble?”.
Tras esto, podríamos afrontar el conflicto y resolverlo de forma más consciente, aplicando técnicas de negociación y buscando acuerdos basados en intereses compartidos. Hacernos escuchar y entender desde la calma y claridad para llegar a la mejor solución posible. Susanna alude también a la importancia de contar con apoyo social a lo largo de todo este proceso, el cual actúa como amortiguador del ruido mental. Y es que “compartir emociones con personas de confianza o mentores, ayuda a procesarlas y a obtener perspectivas alternativas”, explica.

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