“Escuchar al cuerpo es un acto de presencia compasiva, es observar una sensación o un dolor sin juzgarlo, simplemente relatando sus cualidades”. Esta frase se quedó anidada en mi cabeza después de conocer a Stephi Burnell, fisioterapeuta especializada en neurología aplicada al movimiento y CEO de Burnell Physio. Ella me habló de la hipervigilancia del cuerpo, la atención obsesiva que nos lleva a estar pendientes de cada pequeño detalle físico desde el miedo, y que nos hace convertir cada sensación en una amenaza. “Esta actitud suele estar alimentada por creencias culturales o diagnósticos médicos mal comunicados que nos hacen anticipar lo peor”, asegura.
La diferencia entre esto y escuchar al cuerpo de forma saludable está en la mirada, me explica Burnell. “Poner el foco en ‘describir’ en lugar de ‘sufrir’ le quita el componente de amenaza a esa zona y, por lo tanto, el sistema nervioso empieza a relajarse”. La fisioterapeuta especializada en neurología aplicada al movimiento señala que conocemos al detalle cada sensación corporal, pero que hemos perdido la capacidad de interpretarla sin miedo. “El miedo es el combustible del dolor, pero también es el mayor freno a la libertad. Cuando el miedo al dolor se instala, no solo cambia la manera de caminar o de entrenar, también lo hace la forma de habitar el mundo. Empieza por condicionar el ejercicio físico, pero rápidamente se traslada a cosas tan cotidianas como cargar las bolsas de la compra, jugar con nuestros hijos o viajar”.
Asegura que es como poner ‘palos en la rueda’ de las relaciones sociales y del ocio, ya que dejamos de hacer actividades de disfrute porque nuestra mente está anticipando el dolor. “Esta pérdida de autonomía erosiona la calidad de vida, pudiendo derivar en cuadros de ansiedad o apatía. No es solo que te duela la espalda, es que el miedo te está robando tu identidad y tu capacidad de conectar con los demás”.
Anatomía del dolor
Hay personas que siguen sintiendo dolor incluso cuando la lesión ya se ha recuperado, pero según Burnell, no siempre es un reflejo del estado de nuestros tejidos. “Cuando sufrimos una lesión, el cerebro crea una especie de ‘autopista’ de información de emergencia. A veces, aunque el tejido ya haya cicatrizado y esté sano, el cerebro se acostumbra a usar esa vía y sigue enviando ambulancias con sirenas y alarmas de peligro por inercia. El sistema nervioso se vuelve hiperreactivo”. Su trabajo en neurología aplicada no es ‘arreglar’ el tejido, sino enseñar al cerebro a construir y utilizar rutas alternativas, vías de comunicación donde no haya sirenas constantes y donde el movimiento vuelva a sentirse seguro. “Se trata de reeducar al sistema para que deje de emitir señales de socorro cuando ya no hay un incendio que apagar”.
Asimismo, la fisioterapeuta también apunta a que las creencias que tenemos sobre el dolor condicionan la recuperación y a menudo se convierten en una sentencia. “Cuando un profesional sanitario refuerza creencias como ‘tienes la espalda desgastada, la columna de una persona de 80 años o los nervios comprimidos’, está levantando un muro de miedo que bloquea cualquier posibilidad de mejora”. Estas palabras, dice, son etiquetas que obligan al sistema nervioso a protegerse y a rigidizarse. “Para mí, cuando te dicen que no debes cargar peso o que ‘solo puedes hacer natación o estiramientos suaves’ es una red flag absoluta”. Considera que estas recomendaciones genéricas suelen venir de una visión obsoleta que trata al cuerpo como si fuera una máquina que se desgasta con el uso, cuando la realidad es que es un sistema vivo que se fortalece con el estímulo.

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