09/07/2026

Desirée de Fez debuta con la novela de terror ‘No la dejes sola’: “¿No te ha pasado alguna vez esto de decir: ‘Vale, está todo bien a mi alrededor, pero por qué estoy tan triste’?”

Efectivamente, las tres mujeres protagonistas de No la dejes sola, una madre y sus dos hijas adultas, se quieren a rabiar: desde la incondicionalidad; desde la intimidad de compartir –en distintos grados– manías, supersticiones y fobias; desde la presencia sólida, constante. ¿Cuál es el problema, entonces? Las exigencias explícitas, los reproches velados, las pasivo-agresividades que van ganando cada vez más espacio en sus interacciones y, sobre todo, una creciente desconexión emocional entre ellas, propiciada por vidas abarrotadas de ruido y obligaciones. “El vínculo extraño que han generado se debe a una forma muy compleja de quererse mucho pero, al mismo tiempo, no saber cómo ayudarse”, analiza.

Aparece aquí la idea de cómo las estructuras familiares pueden ser un refugio que otorga identidad personal, sensación de pertenencia y una expresión de amor muy genuina, a la par que, en ocasiones, el deterioro paulatino de los lazos –sin necesidad de episodios traumáticos, basta con el peso de la rutina– propicia una esfera de lo más asfixiante. “Yo misma hablo con mi madre y mi hermana cada día por videollamada. Nos apoyamos mucho y estamos todo el día preocupadas por lo que les pasa a las otras. Pero, al final, si te das cuenta, es una preocupación como muy en la superficie. ‘¿Cómo le ha ido al niño hoy en el cole?’ ‘¿Te has comprado esto que te ibas a comprar?’. Siempre he echado mucho de menos la posibilidad de sentarme con ellas, también con mi padre, a hablar de lo que realmente me preocupaba. Estar atravesando un proceso difícil y poder contarlo con todas las palabras, de forma sincera. Nunca me he atrevido. Y es curioso, porque es una contradicción. Hay mucho cariño, mucha protección, mucho interés por el otro, pero también, cierta pobreza en la comunicación. Eso me choca mucho”, ahonda quien ha sido podcaster y asesora de algunos de los mejores directores de cine de terror hispanoamericanos.

El punto de partida de la novela es que De Fez había detectado que una chica de su familia nunca se quedaba sola. Tenía la necesidad de ir acompañada a todas partes. “Y eso, que es algo que le pasa continuamente, lo habíamos naturalizado toda la familia. Ella nunca había verbalizado ese miedo como tal. De golpe, pensé en este modelo que se repite en las puertas de los colegios y en las salas de espera de los centros de salud: el de mujeres muy jóvenes que siempre van acompañadas de sus madres, como una especie de Medusa con tentáculos: la madre, la abuela y los niños. Me preguntaba por qué ocurría eso, por qué esas chicas adultas no encontraban la forma de funcionar con más autonomía. Intenté ir al fondo de la cuestión y me encontré con la idea de que son mujeres que han generado unos vínculos y unas dependencias que, aunque partan del afecto, pueden ser muy nocivas. De manera silenciosa, pueden anular su capacidad de tomar decisiones y de romper con ciertas tradiciones establecidas”, comenta sobre un nexo de unión que, en la novela, va mutando con genialidad del terreno de lo psicológico a lo físico. Luego, a la catarsis fantasmagórica.

Un aspecto muy interesante de este trío de mujeres es que ni son víctimas de su realidad ni están necesariamente insatisfechas con los hogares que han creado. Les gustan sus pisos, están comprometidas con sus maridos, tienen devoción por sus hijos. No quieren desperdiciar una sola oportunidad de recorrer los pasillos de uno de esos centros comerciales de extrarradio, artificiosamente espléndidos, que tan bien conocen. Y, aun así, hay en ellas un profundo malestar que pugna por salir. “En concreto, Alba, la menor de las dos hijas de Carmen, se da cuenta de que, en esta vida de cuidar al resto que ha escogido, está desapareciendo. Eso explica que siempre quiera estar acompañada, porque, al menos así, hay alguien recordándote que estás. Por eso también quise retrotraerme en la narración a ese último momento en el que ella se había sentido plenamente feliz y libre de imposiciones, cuando, en la infancia, pasaba los veranos en el camping con su hermana”, cuenta y añade: “¿No te ha pasado alguna vez esto de decir: ‘Vale, está todo bien a mi alrededor, pero por qué estoy tan triste’? Y, muchas veces es, precisamente, porque has querido controlar tanto que todo estuviera bien a tu alrededor que te has olvidado de pensar quién eres tú en relación al resto”, profundiza.

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