02/06/2026

¿Qué demonios pasa con La Casita de Bad Bunny?

La Casita de Bad Bunny

La Casita de Bad Bunny en un concierto celebrado en Buenos Aires (Argentina) el pasado el pasado 13 de febrero.Anadolu/Getty Images

¿Cuál es, entonces, el problema? En términos generales, los detractores lamentan que lo que se proyectaba como una propuesta inclusiva y subversiva, laudatoria de las bases, haya acabado replicando los modelos elitistas clásicos, en los que una cúspide selecta goza de privilegios inaccesibles para la masa restante (que en este caso observa a un par de metros). La queja no es solo de clase sino feminista: estos días se comparte en redes un vídeo que muestra cómo ojeadores se pasean por las gradas antes del comienzo del concierto, escogiendo a chicas de una determinada apariencia (la mayoría con caras y cuerpos hipernormativos); chicas que después se exhiben delante de la cámara y rodean al macho alfa, compitiendo por su mirada a golpe de piel y caderazo. En resumen: nula o poca diversidad en un grupo excluyente que, sin embargo, no se libra de ser objetualizado.

Si hay un género en el que convergen las contradicciones, ese es el reguetón. Denostado en los inicios por el establishment, su presencia en la industria tuvo algo de David contra Goliat: el reguetón se consideraba música de cuarta categoría, reservada para un vulgo poco sofisticado: música del pueblo latino para el pueblo latino (entendido como insulto). En lugar de agachar la cabeza, ese mismo pueblo se erigió orgulloso portador y exportador del perreo, de pronto una cuestión casi identitaria: el reguetón era el género transgresor y disruptivo, el género antiimperialista y emancipador. Pero claro, he aquí la paradoja: al mismo tiempo que voces de izquierdas defendían estos ritmos terrenales como expresión de antiesnobismo, las letras de las canciones denigraban a las mujeres, siempre reducidas a un trozo de carne que consumir. Aumentaban los artículos elogiosos en medios de prestigio, voces relevantes se declaraban a favor, los principales exponentes se colaban en festivales, pero las mujeres continuaban enclaustradas en su rol ancestral. Ahora el reguetón es el género dominante. David se ha transformado en Goliat, lo cual implica hacerse responsable.

El propio Benito está atravesado por un sinfín de contradicciones. Aunque lucha por poner en el mapa a artistas desconocidos de su país, se viste de Zara el día en que más cámaras va a tener enfocando su atuendo (luego supimos que el vínculo con Inditex trascendía la Super Bowl). No se adhiere a parámetros estéticos propios de la masculinidad conservadora y se encarga de apoyar a comunidades como la trans (notorio fue su respaldo a Villano Antillano), pero termina encarnando el heterobasiquismo más rancio cuando se contonea en medio de bellezas (idénticas entre sí) escogidas para él. Concibe una propuesta que gira en torno a la autenticidad (en sus letras denuncia fenómenos como el de la gentrificación) para después meternos en un estadio gigantesco rodeado por mil puestos que venden una idea manufacturada de su país natal. Oscila con violencia entre la vuelta a lo local y ser el rey del mundo. Se trata, al fin y al cabo, de un hombre inmerso en el sistema capitalista (un sistema que lo absorbe y regurgita todo): el conflicto es, me temo, obligado.

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