Resulta bastante curioso que tengamos interiorizada la importancia del ejercicio físico a diario y que no apliquemos la misma lógica al bienestar mental. Quizá se deba a que vivimos en la era del culto desaforado por el físico y todas sus perversas derivaciones –de la extrema delgadez a la vigorexia– o sencillamente que el turbocapitalismo no nos dé la más mínima oportunidad para ceder al descanso y a la inacción. Pero lo cierto es que no hay una cultura extendida en torno a la salud mental desde la perspectiva de la pausa.
Pilu Sánchez, fundadora del laboratorio de presencia y conexión Heartbeats, es una firme defensora de la pausa en general y de la meditación en particular. A través de su estudio imparte cursos y desarrolla una intensa labor divulgativa en torno a los incontables beneficios que tiene interrumpir el modo automático en el que vivimos de forma recurrente, como gesto de autocuidado, pero también de resistencia. Dicho estado, también conocido como red neuronal por defecto o Default Mode Network (DMN), alude a una red de regiones cerebrales que se activa especialmente cuando la mente entra en piloto automático y se relaciona con el diálogo interno constante, anticipaciones, rumiación o divagación mental. La práctica de la meditación trata de romper esa dinámica para recuperar la atención consciente en momentos puntuales. “Los beneficios para la salud física, emocional y mental de la meditación llevan siglos probándose y la ciencia los avala cada vez más. Es una forma muy sencilla de darle al sistema nervioso el descanso que necesita y, además, puedes practicar en cualquier sitio, sin equipación y sin coste”, argumenta Sánchez.
Con estos mimbres –además de mi notable nivel de estrés sostenido–, tenía que probarlo. La experta diseñó un plan personalizado de tres semanas para que pudiera iniciarme en la meditación. Cada semana tenía unas pautas concretas con instrucciones diarias, recomendaciones y modalidades –todas bien explicadas, sencillas y asumibles– que podía probar a introducir y hablábamos por teléfono cada miércoles para ver cómo me iba sintiendo durante el proceso y resolver dudas. Fue una suerte de programa iniciático donde ella me guió hasta soltarme la mano por completo. Desde el primer momento tenía claro que para conseguir hacer de la práctica, de verdad, un hábito diario, tenía que introducirla siempre en el mismo momento del día para que fuera algo recurrente. Valorando qué momento podría ser el más idóneo para hacerle un hueco llegué a la conclusión de que al mediodía era cuando tenía más sentido: por la mañana madrugo mucho y cada minuto está medido y destinado a una tarea en particular. Para hacerle hueco ahí tendría que despertarme aún más temprano y, aunque meditar nada más arrancar el día es muy tentador (alguna vez lo hice y empiezas de otra manera), pensé que no conseguiría sostenerlo en el tiempo. Por la noche quedaba descartado porque, como me advirtió Sánchez, la práctica puede activarte y no es el mood que quieres antes de ir a dormir. La mejor opción parecía clara: a la hora de comer en la oficina. Decidido esto, ahora solo había que empezar (y continuar).
A pesar de sentirme acompañada, el primer día estaba convencida de que no iba a durar ni 5 minutos, pero contra todo pronóstico aguanté 20 y no se me hizo largo. A partir de ahí, cada día fue evolucionando de una forma distinta: hubo prácticas de 10 minutos y otras de 25. Pero como dice la experta, cualquier rato es mejor que nada. “No existe una mala meditación. Eso sí, hay meditaciones más placenteras o profundas que otras. Pero siempre que no fuerces una experiencia concreta o un sentimiento, lo estás haciendo bien. Tu cuerpo coge exactamente lo que necesita de la práctica. Pero hay que entender que no meditamos para sentirnos mejor sino para sentir y dar espacio a todo lo que nos pasa. Esto no va de ser buenos meditadores sino de tener una buena vida, de ser buenos en la vida. Así que lo importante es cómo te sientes después de meditar”.

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