29/06/2026

Anne Hidalgo, alcaldesa de París, tiene un gran verano por delante

El pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Anne Hidalgo, alcaldesa de París desde 2014, convocó una conferencia en el magnífico Hôtel de Ville del siglo XIX, sede del ayuntamiento, bajo la pregunta: ¿Una mujer = un hombre? Una cuestión de poder. Ataviada con un discreto y elegante vestido azul marino con botones dorados, la regidora estaba en su elemento, declamando ante una audiencia de compañeras feministas, defensoras de la justicia social y políticas socialistas. “¡Sois todas un ejemplo!”, dijo, dándoles la bienvenida. “Habéis sido señaladas, juzgadas… pero continuáis la lucha con fuerza, con humildad”. Otras distinguidas oradoras se hicieron eco de su frustración. Michelle Bachelet, expresidenta de Chile, declaró: “A personas como Anne Hidalgo y yo se nos critica por ser mujeres, se nos llama autoritarias por tomar decisiones… ¡Ese es nuestro trabajo!”. Karen Bass, alcaldesa de Los Ángeles, quedó impresionada: “Si tuviera que describirla con una palabra, sería valiente”, me dijo convencida al bajar del escenario.

Ese mismo mes la conocí en su despacho, notoriamente más grande que el del presidente en el Palacio del Elíseo. Lleva hasta él la escalera de mármol de un edificio tan saturado de volúmenes, dorados y espejos –el principio de la república bien visible: Liberté, Égalité, Fraternité–, que una se siente una humilde Cenicienta, abrumada por la historia y la grandilocuencia de la Belle Époque francesa. La alcaldesa de París es responsable de algo más de dos millones de habitantes, un presupuesto de 10.000 millones de euros y una plantilla municipal de más de 50.000 trabajadores. Su día a día oscila entre los problemas globales y los males sociales; los compromisos ceremoniales y los pequeños escándalos; las crisis repentinas y la cotidianidad de la burocracia oficial. En lo que lleva de año, entre infinidad de asuntos, ha hecho frente a una huelga que cerró la Torre Eiffel a los turistas; ha aplacado las reticencias del prefecto de policía a sus planes de peatonalizar la Plaza del Trocadero; ha celebrado la enmienda del Senado que blinda el derecho de la mujer al aborto; ha tenido que lidiar con el nombramiento de su rival política, Rachida Dati, como Ministra de Cultura; y también con las protestas de los agricultores que intentaban bloquear los Campos Elíseos. Todo ello mientras engranaba los Juegos Olímpicos de este verano y trataba de organizar la seguridad de la ceremonia inaugural, prevista como una flotilla de barcazas que transportará a los atletas por el Sena.

uy aficionada a jugar al voleibol en su juventud, Hidalgo ha supervisado gran parte de los preparativos, pero las inevitables controversias sobre los detalles de última hora han acaparado los titulares y cunde el rumor entre los parisinos de que durante los juegos más valdrá largarse de la ciudad. Además, la política ha estado siendo investigada personalmente por presunta malversación de fondos públicos en un viaje a Tahití en octubre para ver las instalaciones olímpicas de surf, seguido de una visita privada a su hija, que reside en una isla cercana. Sugiero que ha sido una semana difícil. “No ha sido nada….”, le quieta hierro –como todos los analistas que consulto al respecto–. “Cada año o cada dos, intentan inventarse algo. La justicia quería aclaraciones; les entregamos toda la documentación”.

Hidalgo habla a grandes rasgos, respondiendo con desenfado a algunas preguntas, más cauta en otras. En la conversación se muestra relajada y cálida, mirando al cielo ante los absurdos de la vida política. Sus allegados hablan de su vivacidad y su entusiasmo infatigable. Pero después de 20 años bajo el escrutinio público –rindiendo cuentas, cuestionada, atacada– se ha vuelto, comprensiblemente, más prudente. La prensa francesa se queja de su “langue du bois” –lengua de madera–, es decir, de que tiende a no salirse del discurso. Tengo la sensación de que es más introvertida de lo que sugiere su profesión. Su hermana mayor, Mary Hidalgo, confirma “que es más reservada en privado que en público”. “Sí, es difícil ser alcaldesa”, dice la protagonista. “La alcaldía de París es un gran cargo, y yo soy la primera mujer que lo ocupa. Pero tengo una visión clara. No basta con estar aquí y decir: ‘¡Dios mío, qué difícil es esto siendo mujer!’. Siempre estoy batallando contra mis oponentes”.

Y he aquí la paradoja: Hidalgo es una política progresista con un programa medioambiental que ha transformado París en una ciudad de carriles bici, espacios abiertos y arcenes cubiertos de hierba. Bajo su mandato, el número de coches y la contaminación atmosférica han descendido más de un 40% en la última década; estuvo sobre el terreno coordinando la respuesta a los atentados islamistas contra Charlie Hebdo y la sala de conciertos Bataclan en 2015, así como en el incendio que destruyó la catedral de Notre-Dame en 2019; y, desafiando la política de su gobierno, distribuyó unilateralmente mascarillas durante la pandemia de covid. Sin embargo, al mencionar su nombre a los parisinos, la respuesta suele ser: “¿Hidalgo? Todo el mundo la odia”. “No pasa nada”, concede ella, acostumbrada a recibir dardos. “Así es la vida”.

Ana María Hidalgo Aleu nació en 1959 en San Fernando, Cádiz. Su abuelo, sindicalista, huyó a Francia durante la Guerra Civil y, a su regreso, fue apresado por el régimen franquista. Su padre creció en tiempos de posguerra, sin apenas educación, con el sueño de volver algún día a cruzar los Pirineos. Así lo hizo a principios de los años sesenta, encontró trabajo en una fábrica y estableció a su joven familia en un barrio obrero de Lyon, donde crecieron Hidalgo y su hermana María. La futura alcaldesa sacó siempre buenas notas, estudió derecho social en la universidad de Lyon, se enamoró y se casó con su primer marido, Philippe Jantet, compañero de estudios y activista político, cuando solo tenía 20 años, absorbiendo, junto con las lecciones obtenidas del sacrificio y la supervivencia de su familia, el radicalismo de izquierdas y el feminismo de principios de los 70.

Comenzó su carrera como inspectora de trabajo, aprendiendo a desenvolverse en los ambientes exclusivamente masculinos de fábricas y minas y a lidiar con la condescendencia de los políticos locales. Su determinación la llevaría a ascender muy rápido profesionalmente y a implicarse, ya en París en los años ochenta, en el desarrollo de políticas laborales, vocación que siguió desempeñando durante los años noventa desde el Partido Socialista. “Mi hermana siempre ha tenido mucho empuje”, cuenta Mary. “No hay nada que la detenga; [ni] el machismo, ni siquiera entonces”. Conoció a su segundo y actual marido, Jean-Marc Germain
–siete años menor que ella, estudioso y tecnócrata, también de Lyon– cuando ambos trabajaban en el Ministerio de Trabajo. Le sedujeron, dice él, su positividad y su fuerza.  Hidalgo, divorciada desde 1995, aportaba dos hijos a la pareja, Matthieu y Elsa, nacidos en los años ochenta. Se quedó embarazada de su tercer hijo en los últimos meses de campaña como candidata a teniente de alcalde en 2001, tras vencer en las primarias socialistas a un aspirante mucho mejor relacionado. Fue, según Germain, su “primera victoria improbable…. Nadie le ha regalado nada. Nunca. En cada etapa de su carrera siempre ha sido igual. Elle fonce”, como se dice en francés. “Va a por todas”. Cuando nació Arthur, en diciembre de 2001, Hidalgo no se tomó ni un día de baja por maternidad. “Me pasaba el día corriendo. Pero fue una elección. Para mí era muy importante ser independiente; no había discusión. Y muchas mujeres me decían: ‘Estás demostrando que es posible estar embarazada y seguir haciendo política’”.

Cuando le pido que me describa la política francesa con tres adjetivos, levanta las manos riendo: “¡Confusa! Mucha confusión”. Luego añade en francés: “Grande agressivité ”. Esa atmósfera agresiva, sujeta a una especie de mezquindad, “pone en riesgo la democracia” y denota, a su modo de ver, “poco interés por los asuntos públicos”. De hecho, el Partido Socialista de Hidalgo ha sido un culebrón de facciones, cismas y escándalos sexuales durante más de una década. Desde que fue elegida alcaldesa en 2014, ha tenido que sortear las rupturas, dimes y diretes del partido, al tiempo que equilibra la autoridad del Hôtel de Ville frente a jurisdicciones regionales y nacionales que se solapan. “Es una mujer que siempre está en marcha”, me detalla su marido. “Es como cuando vas en bicicleta; si no pedaleas, te caes”. La metáfora viene al pelo: en muchos sentidos, su alcaldía ha venido marcada por los carriles bici.

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