Autoexplotación: cuando tú eres la jefa tóxica
Seguro que si nos pidiesen describir a un jefe tóxico a todas nos vendría inmediatamente a la cabeza la imagen inequívoca de uno. Esa persona, apoyada en dinámicas de control, con falta de empatía y experta en repartir miedo entre su equipo, que en algún momento de nuestra carrera profesional nos hizo la vida tan difícil que incluso llegamos a pensar en renunciar. Pero ¿qué ocurre cuando esa figura autoritaria somos nosotras mismas? Cuando la tiranía no viene de arriba, sino de dentro. En el mundo del emprendimiento y de las pymes, la línea entre la dedicación y la autoexplotación se ha vuelto tan difusa que la cruzamos sin querer o, peor aún, la saltamos a lomos de excusas nobles y bienintencionadas –la vocación, el entusiasmo, la responsabilidad–, conscientes de que estamos sacrificando mucho más que nuestro tiempo.
“Me di cuenta de que estar cansada se había convertido en una forma de estatus”, explica Carlota Abello, empresaria, mentora y autora del libro Autoexplotación S.L. “En los entornos emprendedores y directivos, el agotamiento se aplaude como si fuera sinónimo de compromiso o pasión. Decimos ‘no paro’ con una mezcla de orgullo y resignación”. Una reflexión que conecta con el diagnóstico que el filósofo Byung-Chul Han formuló en La sociedad del cansancio: ya no necesitamos un jefe que nos explote, porque lo hacemos nosotras mismas creyendo que eso demuestra entrega. “La autoexplotación se ha hecho invisible porque se disfraza de libertad: ‘trabajo para mí’, ‘hago lo que amo’, ‘dependo solo de mí misma’. Pero si cada día te sientes agotada, ansiosa o atrapada en lo que tú misma has creado… eso ya no es libertad. Es el espejismo del éxito moderno”, añade la asturiana.
Del éxito al agotamiento
Autoexplotación S.L. no es una guía de productividad ni de autoayuda. No enseña a trabajar menos, sino a trabajar de otra manera. “No es un manual, es una pausa. Una invitación a mirar de frente nuestras rutinas, a cuestionar por qué confundimos el compromiso con el sacrificio y a entender de dónde nace ese cansancio que muchas veces damos por inevitable”, resume. Y sabe bien de lo que habla, pues el libro surgió de su propia experiencia. Cofundadora de la empresa tecnológica Dogram Ingeniería, especializada en digitalización 3D, Abello vivió lo que describe como una década de altísima demanda técnica y emocional: “Por fuera todo parecía un éxito. Por dentro, vivía en un diálogo constante con la exigencia: ¿estoy siendo suficiente como empresaria, como madre, como líder, como persona?”.
La sensación de tener que demostrar en todos los frentes acabó pasándole factura. Una migraña crónica y una intervención de neurocirugía por una hernia cervical la obligaron a parar y a cuestionarse muchas cosas. Aquel punto de inflexión dio origen a una investigación personal y colectiva, nutrida por las ideas y aprendizajes que emergían en los procesos de mentoría y coaching ejecutivo que ya realizaba: “Descubrí que el patrón se repetía. Personas brillantes, comprometidas y apasionadas que, sin darse cuenta, se estaban agotando”.
El proceso se materializó en una obra que, a través de cuatro personajes –Lola, Pablo, Luis y Julia–, examina distintos modos de liderazgo y sus propias trampas: el ejecutor que no sabe parar, el perfeccionista que no descansa, el controlador que no confía y la cuidadora que se olvida de sí misma. Historias distintas con un nexo en común: la necesidad de hacer espacio para pensar, sentir y decidir con más calma. “En ese recorrido aparecen los cuatro pilares que hoy definen también mi metodología de trabajo: valores, ventas, estrategia y personas”, señala la asesora. “Son los focos de las pausas estratégicas, los espacios en blanco donde se revisa lo esencial para volver a dirigir la vida –y la empresa– con sentido”.
Cuando la libertad se convierte en castigo
La paradoja actual del emprendimiento es que construimos una empresa para ser libres, y terminamos siendo nuestra peor jefa. “Confundimos libertad con disponibilidad total. Nadie nos enseña a dirigirnos, solo a rendir”, asegura la autora, que alerta de una distorsión estructural: emprender no siempre es sinónimo de autonomía, sobre todo cuando la agenda la marca la urgencia. “Nos decimos que ‘esto es solo una etapa’, pero las etapas se encadenan y, cuando queremos darnos cuenta, el negocio se ha comido la vida”.

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