La atención se desplazó hacia La Casita, una construcción inspirada en el mundo rural de Puerto Rico que aquí funciona como un segundo escenario. Allí se dejaron ver rostros como Ester Expósito, Chiara Ferragni o María León, contoneándose al ritmo de Tití Me Preguntó y VOY A LLeVARTE PA PR. La curiosidad colectiva se centró durante los primeros minutos en ver quiénes eran los afortunados que se encontraban en este lugar privilegiado, aunque pronto todo se volvió mucho más emotivo. Bad Bunny prácticamente detuvo el concierto y dedicó más de diez minutos a saludar a sus seguidores: estrechó manos, abrazó, besó mejillas, escuchó historias y susurró palabras al oído a fans completamente sobrepasados por el momento. Después regresó, esta vez sobre el tejado de este decorado, y activó el tramo más festivo con Me Porto Bonito, Yo Perreo Sola, Safaera y MÓNACO sonando ya como auténticos himnos de discoteca pese a no haber cumplido siquiera un lustro de vida.
Y lo que era un concierto del Conejo, pronto fue uno de Myke Towers. Ambos compatriotas hicieron rebotar las gradas con Adivino, la canción exclusiva de la ocasión y, mientras el anfitrión descansaba, Towers aprovechó para marcarse un medley con algunos de sus éxitos, como LALA o La falda. Del perreo más puro, la cosa regresó poco a poco a la salsa. Los Pleneros de la Cresta tomaron el relevo versionando CAFé CON RON y Ábreme paso, y recondujeron este rato de frenesí y sandungeo de nuevo hasta el main stage.
Quizá el gorro Ushanka que portaba sobre su cabeza durante este tercer y último escalón no fuese la elección más adecuada teniendo en cuenta los más de 30 grados que marcaban los termómetros, pero, de alguna manera, terminó funcionando. La parafernalia dejó de importar con Ojitos Lindos, DÁKITI o Yonaguni. Y, cómo no, llego DtMF, el momento más emotivo del concierto. Aquí el estadio bajó pulsaciones. El artista pidió guardar el móvil y levantar las manos. Lo que siguió fue una escena difícil de describir sin caer en el cliché: abrazos, caricias y besos se veían mirases donde mirases, al igual que alguna que otra lágrima motivada por el recuerdo de quienes ya no están. Un tema que demuestra que, detrás del artista más escuchado del mundo, de este reggaetonero tantas veces denostado por algunos y del gran icono pop, también existe alguien sentimental, capaz de poner palabras y melodías a emociones compartidas por millones de personas.
Quedaban unos minutos de PERREO –así, en mayúsculas, lo anunciaba un rótulo de gran tamaño– con EoO y había quien ya miraba la experiencia con cierta nostalgia. “No quiero que se acabe” y “¡Otra, otra, otra!” empezaban a escucharse llegados a este punto. Un total de 37 canciones habían pasado volando y la atmósfera resultaba difícil de explicar. El show no solo había servido para festejar y cantar a pleno pulmón, sino también para recordar que la música, aunque sea por unas horas, es capaz de hacer que todo lo demás importe un poco menos. Y quizá, sobre todo, para dejar flotando el mensaje que atravesó toda la jornada y que probablemente marcará también las nueve restantes. En palabras del propio Benito: “Madrid, baila y ama sin miedo”.

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