Hay momentos en la moda en los que las tendencias dejan de ser simple estética para convertirse en declaraciones de amor y es precisamente eso lo que Bella Hadid viene haciendo tiempo atrás: transformar el universo Western –del que forma parte activamente su novio, Adan Banuelos– en el lenguaje visual de su nueva era. Una etapa marcada por la serenidad, el romance y un retorno profundo a las raíces del país que la vio nacer, Estados Unidos. Porque más allá de ser una tendencia, este renacer del estilo vaquero es parte de un fenómeno cultural mayor: el auge del costumbrismo estadounidense, la nostalgia por lo auténtico y el deseo contemporáneo de reconectar con aquello que nos pertenece de forma ancestral o emocional.
El Western, tal y como lo conocemos hoy en día, es hijo directo de Estados Unidos. Nació de la necesidad práctica de quienes trabajaban la tierra y vivían sobre caballos, los amaneceres fríos llenos de escarcha y el polvo que se levantaba en los caminos. Sombreros anchos para protegerse del sol, botas resistentes, cuero duradero y chaquetas pensadas para sobrevivir a la intemperie. La estética surgió mucho antes que la moda y, como ocurre con todas las raíces profundas, terminó convirtiéndose en un símbolo de libertad, de rebeldía y una muestra de identidad. Hollywood hizo el resto. El vaquero se transformó en icono romántico, en héroe solitario, en metáfora de la independencia absoluta y las tendencias, siempre atentas al imaginario colectivo, recogieron este relato para reinterpretarlo una y otra vez hasta interiorizarlo como lo hemos hecho en la actualidad.
Lejos de las pasarelas futuristas, del Y2K y de la sensualidad urbana que han definido su imagen durante años, Bella abraza ahora una vida más terrenal y claramente más íntima estéticamente hablando. Rodeada de caballos, naturaleza y artesanía local, su presencia transmite una nueva etapa marcada por un romanticismo que parece brotar directamente de aquello que siempre estuvo ahí: su hogar. Y ahora, también su pareja, el jinete Adan Banuelos.
Pero más allá de la imagen de Bella, esta estética responde a un movimiento cultural más amplio que está volviendo sus ojos hacia lo primigenio y todo aquello que define una identidad colectiva. En Europa, el resurgir del folklore –mención especial al número de diciembre de Vogue España–, en América Latina, la revalorización de lo artesanal, en Asia, el renacimiento de técnicas ancestrales y en Estados Unidos, inevitablemente, el Western. No hablamos de un costumbrismo nostálgico y vacío, sino de un abrazo consciente a la herencia en forma de búsqueda de verdad. Bella Hadid simboliza esa transición en su nueva era que habla de que volver al origen no es retroceder, sino evolucionar.
El Lejano Oeste siempre tuvo un componente romántico: ese cowboy solitario, las historias bañadas en tintes anaranjados del atardecer salpicado del polvo, en definitiva, la idea de un amor que nace en libertad. No es sorpresa que esta estética resurja también en un momento en el que Bella Hadid atraviesa una etapa amorosa equilibrada y luminosa y su, sin duda, refleja esta etapa.

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