Te deshagas o no de tu edredón, las superposiciones siguen siendo una buena idea. Katie Monkhouse añade lo mínimo: una almohada lumbar grande y una manta a los pies de la cama. «Esta combinación suele bastar para que la cama resulte elegante pero acogedora», dice.
Superponer estampados también es una gran idea, señala Williams: “Una cama vestida íntegramente con un solo color puede resultar demasiado apabullante. Por eso me encantan las capas, jugar con las texturas, el color o el tono. Es un sorpresa muy chula meterte en la cama y encontrarte, por ejemplo, una sábana de rayas rosas y azules debajo de una colcha muy neutra tipo ocre”.
No descuides tampoco lo que hay debajo. Para conseguir la máxima comodidad digna de un hotel, Charlotte y Angus Buchanan, cofundadores de Buchanan Studio, recomiendan empezar con un colchón y un topper de excelente calidad. Lo mejor es que este último esté hecho de plumas y/o plumón, o cachemira, y que tenga un grosor de entre 5 y 10 cm para que ofrezca un efecto nube.
Qué almohadas elegir
Mientras que a algunas personas les gusta una cama bien provista de almohadones, otras prefieren las justas. La mayoría de los expertos con los que hablé coincidieron en que no hay que pasarse. Si la cama es de matrimonio, Cailler suele poner cuatro almohadas (dos a cada lado), colocadas una encima de la otra, y un cojín decorativo delante. «Prefiero que sean más pequeñas, no me gustan nada las grandes almohadas europeas», dice.

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