24/06/2026

Celebrar lo cotidiano o cómo dejar de someter a tu cuerpo a picos y caídas de cortisol

Celebrar lo cotidiano o cómo dejar de someter a tu cuerpo a picos y caídas de cortisol

Vivir el presente y aprender a valorar lo cotidiano es clave para reducir la ansiedad y fortalecer el bienestar emocional. A las puertas de las celebraciones navideñas viene bien recordar la importancia que tiene para la salud mental dar valor a lo ordinario. Y aprender a dejar de vivir en modo espera como si el disfrute estuviera reservado para las grandes ocasiones que culturalmente hemos marcado en el calendario. La psicóloga Brenda de la Peña, CEO de la plataforma de salud integral Combrensión, parafrasea a John Lennon para explicarlo: “La vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Celebrar lo pequeño, desde un punto de vista puramente psicológico “no es un gesto menor, sino una forma de regular y cuidar nuestro sistema nervioso”. Y recalca que esa forma tan humana de vivir desconectados de lo cotidiano nos genera grandes inconvenientes. “Cuando llega diciembre tratamos de condensar toda la conexión que no hemos cultivado durante el año alrededor de las celebraciones navideñas. Es cuando aparece la ansiedad: familias que apenas se ven, vínculos tensos y expectativas imposibles que acaban oscureciendo momentos esperados”, recuerda. Sin embargo, como añade Miren Eguiara, terapeuta de Instituto Psicológico Cláritas, “cuando alcanzamos el sentido en lo cotidiano tenemos más recursos para afrontar crisis ya que no dependemos de lo extraordinario para sentirnos bien”. Y la resiliencia se fortalece: “El bienestar deja de ser una meta distante y se convierte en algo que cultivamos activamente día a día”, explica la psicóloga Eugenia Ponte, directora de la consulta Génesiis.

Presencia consciente: el hábito que tranforma lo rutinario

En esta transformación de lo rutinario en extraordinario resulta fundamental dejar de vivir en piloto automático. “El primer paso es bajar el ritmo y observar: ese café en silencio, una risa espontánea, el simple hecho de cumplir lo que te propusiste hoy. Son instantes diminutos pero cargados de significado si decides mirarlos con atención”, explica Ponte. Un trabajo de la presencia que implica también hacer las cosas más despacio para desacelerar el ritmo interno. “Cuando el cuerpo y la mente están en modo supervivencia, con niveles altos de cortisol y la mente pensando en qué viene después, se vuelve imposible percibir lo agradable del presente. Solemos ser más eficientes desde la calma porque al hacer las cosas rápido y con prisa es más probable equivocarse y tener malos resultados. Lo primero es introducir cambios graduales y amables en lo fisiológico: respirar más lento y profundo, descansar sin culpa y comer con atención al momento. El cerebro solo puede registrar placer cuando se siente a salvo”, recuerda De la Peña.

Aprender a vivir el presente, en lugar de estar esperando los grandes momentos, permite sostener el bienestar sin depender de picos de euforia. Cuando la plenitud se asocia a ocasiones puntuales, normalizando el hecho de vivir de la expectativa “sometemos a nuestro cuerpo a un ciclo constante de picos y caídas de cortisol”, explica De la Peña. Eguiara se centra también en cómo esa espera anclada en lo grande es menos sostenible: “Valorar lo cotidiano fomenta vínculos más auténticos que no están mediados por el consumo. Lo pequeño se construye en comunidad. Y el tejido social que nos rodea está sostenido por gestos diarios como saludar a los vecinos, pasar tiempo en familia o hacer deporte en grupo”.

Cómo entrenar la atención para disfrutar lo pequeño

Aprender a centrar la atención en cosas pequeñas requiere presencia. “El hábito esencial es detenerse a registrar lo que está ocurriendo antes de que la mente lo archive como irrelevante. La repetición de esas pausas cotidianas activa los mecanismos de recompensa que sostienen la sensación de bienestar estable, no eufórico”, dice De la Peña. Para Eguiara entrenar la atención plena en lo cotidiano implica hacer pausas conscientes durante el día. Por ejemplo, prestando atención a la risa de alguien cercano. “Así enseñamos al cerebro a detectar placer en lo habitual”, añade.

Reprogramar el cerebro: poner en el centro lo bueno

Es cierto, añade Ponte, “que el cerebro está programado para dar más peso a lo negativo, es un mecanismo ancestral de supervivencia”. Pero se puede dejar de vivir en alerta y fortalecer redes neuronales asociadas a lo positivo. “El comienzo es detenerse y reconocer lo bueno, incluso en días difíciles: anotar logros, agradecer gestos simples o repasar lo que sí salió bien. También ayuda cuestionar los pensamientos negativos, preguntándonos si son tan graves como parecen o si hay otra forma de interpretarlos”, dice. Como reflexiona Eguiara, se trata de fortalecer el optimismo. “No es negar la realidad, no es convertirnos en seres ingenuos ni ignorar las dificultades. Es reconocer lo difícil pero sin quedar atrapado en ello. Los hechos no son los que determinan cómo nos sentimos, es la interpretación que hacemos de ellos”, concluye la psicóloga. Como dijo Pau Donés, “vivir es urgente”.

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