Hoy en día, me hago fotos por una sola razón: como prueba de vida, una manera fácil de decir “yo estuve allí”. Pero mentiría si dijera que me produce menos pánico. TikTok ofrece un sinfín de consejos: usar el zoom 1,4x para reducir la distorsión facial; seguir tutoriales de mapeado facial con flechas, cuadrículas y diagramas que explican cómo inclinar la barbilla, colocar la lengua, inclinar los ojos; conocer tu perfil bueno, trazar triángulos… Y aun así, todos estos truquitos pueden ser inútiles porque el problema no es solo de técnica, sino de autopercepción.
Una de las razones por las que las fotografías a menudo no nos funcionan es que no representan cómo nos percibimos a nosotros mismos. Nos vemos en movimiento, en tres dimensiones. Las cámaras, en cambio, aplanan y reducen la profundidad. Una fotografía no es un espejo, es una interpretación, y a veces mala (al menos, a nuestros ojos).
No ayuda vivir en una cultura de constante autoanálisis: videollamadas, cámaras frontales, selfies… Así no es de extrañar que nos hayamos vuelto hipercríticos con nuestra imagen, que examinemos nuestros rostros con una meticulosidad casi forense.
Luego está la proporción áurea. Se creía que esta proporción matemática, identificada en la antigua Grecia, representaba el equilibrio perfecto, la armonía y la belleza. Los artistas del Renacimiento la idolatraban. Los arquitectos la veneraban. Hoy, para sorpresa de nadie, ha sido adoptada con entusiasmo por muchas aplicaciones de belleza –y cirujanos estéticos– como canon para mapear los rostros, puntuar el atractivo y, básicamente, decirnos que nuestros genes son lo peor. Sin embargo, el «número divino», como tantos otros ideales de belleza presentados como metas, se basa en estándares eurocéntricos. Así que cuando los filtros, algoritmos e intervenciones cosméticas la utilizan como referencia, están reforzando una idea increíblemente sesgada de cómo «se supone» que debe ser un rostro humano.
La tecnología ofrece otra capa de complejidad. El reconocimiento facial se sigue entrenando predominantemente con rostros de piel clara, lo que significa que la cámara suele llegar a conclusiones predeterminadas. Si a esto añadimos la calidad de la cámara, la iluminación, los ángulos, la exposición automática y la habilidad –o falta de ella– de quien dispara la foto, queda claro el poco control que tenemos sobre el resultado final. De ahí que la gente haga cientos de fotos de la misma imagen para conseguir la «perfecta», que luego pasará por filtros para remodelar la mandíbula, estrechar la nariz, afinar el cuello, alisar la piel y agrandar los ojos. Mientras tanto, en la vida real, también se deslizan por la resbaladiza pendiente de las intervenciones cosméticas. ¿Soy yo o nuestra obsesión colectiva por dominar nuestra imagen está rayando la locura?
Quizá «¿Cómo salir bien en las fotos?» no es la pregunta que debemos hacernos. Aunque por mi profesión puedo deciros que unos labios jugosos, una piel exfoliada y un pelo brillante hacen menos zombi a cualquiera, y que la mala iluminación no es amiga de nadie, el verdadero quid de la cuestión es si podemos hacer las paces con lo que la fotografía nos muestra. ¿Dejaremos de hacer nuestros los defectos de una mala foto? ¿De sentir vergüenza o pudor por una imagen, como si la poca fotogenia fuera un fallo moral? Tal vez el camino no pase tanto por aprender un nuevo truco o ángulo. Quizá baste con renunciar a la idea de que eso que vemos en la foto es un reflejo real y completo de lo que somos. Esto, hay que reconocerlo, es mucho más difícil que mirar a la cámara y gritar «¡whisky!».

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