30/06/2026

Cristina Cruces Roldán: Contemplad a estas mujeres

Las flamencas del siglo XXI encarnan todas las verdades, todos los matices de la emoción humana. Sus miradas nos interpelan. ¿Qué buscáis en nosotras?, parecen preguntar. ¿Qué sonidos, qué figuras, qué territorios, qué tiempos?

Contemplad a estas mujeres, sus rostros soberanos, sus sonrisas francas, y adivinad con ellas la magia entre el pasado y el presente del género flamenco. Una cultura nacida no hace ni dos siglos que enraíza en Andalucía, vieja tierra entreverada desde la antigüedad de sonidos, danzas, instrumentos. Sus protagonistas fueron gentes sencillas, creadoras de una estética musical y coreográfica con la que construir mundos propios en salones, academias, cafés y teatros. Y se le pone nombre —“flamenco”— a mediados del siglo XIX, al estrenarse las primeras artistas de la Edad de Oro con sus jipíos, sus ayeos, sus quejíos, el patetismo y el lirismo de las voces, la algarabía de la fiesta, las mudanzas de unos cuerpos quebrados y unos braceos sinuosos. Artistas “de rompe y rasga”, gitanas en su mayoría: las sevillanas y malagueñas con sus batas de percal, las sacromontanas de Granada con sus faldas de adornos geométricos, y siempre el mantoncillo al pecho y la flor como señuelo. La viva estampa del tronío.

Por debajo, desde luego, corría el mar de fondo de la pobreza, y el flamenco funcionó como ascensor social para tantas mujeres de extracción humilde que superaron con su talento la reclusión doméstica o los precarios emolumentos de otros oficios femeninos. A cambio, un empoderamiento a medias atravesado por el estigma social, la duda moral y el desprecio por la movilidad y nocturnidad del oficio y los ambientes jondos. Poderío y perdición. Pasión y arrebato. Así quedó instalado el arquetipo femenino flamenco, inspiración fascinante para pinturas y relatos románticos sobre un género contemporáneo (las fechas mandan), pero de atávicos imaginarios, exotismos y purezas.

Las flamencas siguieron adelante. Compitieron con las cupletistas de moda a principios del siglo XX mientras los cantes de la Serneta y la Trini confluían en la mayor cantaora de todos los tiempos, la Niña de los Peines. En la Edad de Plata de la danza, flamencas de raíz como la Macarrona se midieron con las bailarinas estilizadas —la Argentina, la Argentinita—, o se asentaron en la sordidez de las juergas de señoritos. Llegaría en unos años la gran Capitana, Carmen Amaya, para reavivar la senda del baile gitano. Con la Ópera Flamenca y la etapa teatral de los años veinte, las flamencas vieron pasar delante de sus ojos la profusión creativa, los almibarados estilos y la comedia andaluza, al calor de los grandes públicos que arroparon los campanilleros de la Niña de la Puebla.

Nada de aquello vivieron en sus carnes las flamencas del presente, pero saben guardar en la memoria retos y desafíos de sus antecesoras. Aromas de cantes y bailes (¡ay, la guitarra, territorio tan injustamente vedado a las manos femeninas!) revisados desde mediados de la centuria pasada, cuando el flamenco inició el camino del neoclasicismo. Muchas conocieron el fértil mundo del tablao, ese trabajo diario donde se curtieron formas y repertorios, florecidos al socaire de las aficiones y el turismo naciente en los territorios capitalinos de Madrid, Barcelona, Sevilla, las costas malagueñas, las islas. Se familiarizaron con “salir al extranjero”, con los éxitos en ferias internacionales y con ser embajadoras del typical spahish. Ahí estuvieron las bailaoras de cuadro con bata de cola en cuello de guitarra, rumbera y minifalda; cantaoras, las menos, a veces con su pataíta por bulerías como remate; al frente del negocio, algunas: Rosita Durán, Blanca del Rey, Mariquilla. Activas, placeadas, desinhibidas, remuneradas, admiradas, y, sobre todo, currantas.

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