27/06/2026

Crítica de ‘Lux’, el cuarto disco de Rosalía: Un cónclave de místicas en una única catedral

La historia en el campo religioso se ha construído por estratos, una mística sobre otra mística. Como en el antropoceno, una nueva concepción erosionaba la anterior, generando espiritualidades alteradas. Donde antes había un dolmen, ahora hay un osario. Al lado de un cementerio íbero, una iglesia románica. Hay catedrales que según el periodo mezclan gótico, barroco y renacentista. Rosalía (San Esteban Sasroviras,​ 1992), heredera de esta disolución, construye en su cuarto álbum de estudio una simbología referencial parecida. Lux (Columbia Records, 2025) recoge fragmentos de los pensamientos místicos regionales, sin pretender un acuerdo global. Como la teoría de la bolsa de ficción de Ursula K. Le Guin, a través de todo lo que recogemos de los linajes previos podemos generar nuestra narrativa. Una que contradice el viaje único y victorioso del héroe. Aquí la universalidad se entiende como lo que es, una falacia, pero funciona como motor de unión creativa.

La presentación del disco ha seguido también la mística marketiniana. El mensaje divino nos llegó a través de la plataforma para newsletter Substack. La tabla de los mandamientos fue una partitura de Berghain –título del tempo del techno berlinés– que sus seguidores se dedicaron a interpretar y difundir con sus propios instrumentos. La virgen hizo su aparición mariana en la Plaza del Callao acompañada de todo el simbolismo: el hábito, una aureola decolorada en el pelo, el anillo y los zapatos papales y un Nissan Skyline GT-R R33 blanco a modo de papamóvil. La congregación de fieles acudió respondiendo al fanatismo, en pasacalles. Era el esqueleto de un ángel publicitando un centro comercial, como se bromeaba en un capítulo de Los Simpson, los nostradamus de la cultura pop.

Estamos sintiendo el fenómeno de lo que el divulgador Frankie Pizá ha bautizado como la resacralización del pop, las artistas como sujeto de culto. El disco, un objeto sacro, toma aquí la forma de la Cruz de Caravaca. Es conceptualización extrema de cada nuevo proyecto musical con un empaque para que parezca una propuesta de vida. No es casualidad que la dirección de arte de Lux de Rosalía corra a cargo de Special Offer Inc., la misma compañía responsable del Brat de Charlie XCX. Dos títulos en monosílabo, con tipografías aparentemente inocuas –Arial y Times New Roman– que proponen una actitud y una experiencia completa. Las teóricas Yessi Perse han titulado esta transición “del brat al trad”, en referencia a las tradwives o amas de casa popularizadas a nivel nacional por la influencer RoRo, mencionada, a su vez, en la canción Novia Robot.

En sus propias palabras: “Pasamos de la feminidad provocadora brat, que sigue la estela de las princesas problemáticas del pop como Britney Spears, Christina Aguilera o Paris Hilton, a una feminidad ‘provocadora’ del trad, de la mística femenina, que sigue la religiosidad subvertida de Madonna. Ambas buscan una profundidad conceptual y una sensación de pertenencia a una tradición que legitime el producto”. Esta estetización de lo religioso, en su vertiente más católica, al menos en lo visual, ha generado revuelo público y abierto eczemas sobre si estamos viviendo un auge de conservadurismo, como si no hubiera religiosos anarquistas. Si alguna vez se fue o solo ha tomado otros disfraces menos evidentes hasta ahora. El disco de Rosalía solo puede leerse como síntoma o una somatización de la corriente, no como motivo. Haters gonna hate, believers gonna believe.

Lux, del latín luz, es una investigación personal alrededor de las místicas asociadas a la feminidad, demostrando la gran variabilidad de concepciones de la santidad que hay alrededor del mundo, según el poso cultural de cada civilización. La misma Rosalía ponía de ejemplos a los rishis en el hinduismo, los jaredim en el judaísmo, los chiang en el tao o los auliya allah en el islam. Explica, citando a Simone Weil, que la posibilidad de entender lo otro viene acompañada de la posibilidad de entenderse a una misma y se inspira de mujeres que vivían de una forma poco convencional –la misma Weil, la virgen roja–, pero acorde con sus propios criterios. También, dice, le interesa lo mundano, lo que hay de humano en el mundo, que se refleja en las formas que toman sus divinidades. Pongámonos, así, un poco politeístas, en un momento en que nadie se casa con nada, pero sigue esa necesidad hacia lo absoluto.

En lo musical, es un álbum que goza de abundancia. Ha dispuesto de lo imposible: el tiempo, los espacios y la economía necesaria para seguir sus pulsiones creativas. Tres años desde su primera gestación, un año puliendo las letras y la posibilidad de grabar con la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección del islandés Daníel Bjarnason, sumando los coros de la Escolanía de Montserrat y de L’Orfeó Català, con quien ya había trabajado anteriormente. Si se deja hablar al deseo, es una energía que no tiene fin y exige, cada vez, un nivel más de complicación, de conquista. Se atreve así, a pesar de no ser una cantante lírica, a probar su registro de soprano ligera o pasar por géneros que van del fado a la cantada moderna. Estas son solo algunas de las capas de referencias sonoras que ha ido añadiendo al proyecto, de 4 actos, 18 pistas y 13 variantes idiomáticas que pasan por el siciliano, el ucraniano o el mandarín.

Con cada lengua quería canalizar la experiencia del territorio de las místicas. El árabe convoca a la sufí Rābiʻa al-ʻAdawiyya, con el hebreo a la profeta Míriam, con el alemán a Hildegard Von Binge, con el francés a Juana de Arco, con el castellano de “Savignon Blanc” a Santa Teresa de Jesús. Sin embargo, hay cuestiones complicadas aquí. Sus partes en fus’ha no son comprensibles por los habitantes de la región SWANA -Sudoeste de Asia y Norte de África-, según confirma el experto Miguel Jelelaty. En el caso del uso del hebreo difiere mucho si se trata de la versión clásica, lengua sacra de la antigüedad, y la versión moderna que es un constructo lingüístico creado en la contemporaneidad e impuesto por Israel. La diáspora judía-europea de otros territorios utiliza más popularmente el yiddish. La diferencia es abismal y tiene connotaciones políticas que podrían abrir de nuevo la llaga del debate y precisaría una aclaración.

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