Dry January de citas o por qué reimpulsar nuestra vida amorosa puede esperar a febrero
No es ningún secreto que el año nuevo invita (obliga, incluso) a reinventarse. El deseo de cambiar no solo se fomenta: se inculca hasta el punto de casi lavarnos el cerebro de la noche a la mañana. El colega que tomaba chupitos de tequila en la fiesta de Navidad de la oficina se ha apuntado a AcroYoga. Ese pariente más joven que pasó la Nochevieja en una rave de 36 horas sin tregua se ha instalado una bañera de crioterapia en el jardín. Y esa amiga que en diciembre no durmió ni dos horas seguidas ha empezado a enviarte vídeos de TikTok sobre biohacking. De repente, todo el mundo quiere comer más proteínas.
No es de extrañar que el sector de las citas se suba al carro de los nuevos propósitos. Como soltera, ya sea en internet o en la vida, es fuerte el bombardeo de mensajes que aseguran que enero es el momento óptimo para darle un giro a mi vida amorosa. Me hacen sentir como si tuviera que empezar el año con un enfoque diferente para maximizar mis resultados. Refrescar los perfiles de las apps de citas, repensar mis dinámicas afectivas, tener el doble de citas, charlar con la gente en nuevos entornos… un esfuerzo sobrehumano disfrazado «superación personal» destinado a posicionarme lo mejor posible y lograr, en consecuencia, el objetivo más codiciado: una relación. O al menos, en fin… alguien con quien acostarme.
Es una premisa seductora, y por eso a menudo me he dejado convencer, he cogido por los cuernos mi vida amorosa (y mi libido) y me he lanzado al ruedo nada más acabar las campanadas –si se me perdona la metáfora taurina–. Esto me ha llevado a tomar muchas decisiones equivocadas o simplemente inútiles. Como quedar por mensaje a las bravas con no se qué tío mientras pasaba la gripe, yo venga a chupar pastillas para la garganta a escondidas entre pinta y pinta. O aceptar citas con hombres que no me atraían lo más mínimo, pensando que a lo mejor, por arte de magia, cambiaba de idea. Me empeñaba en conocer a personas radicalmente incompatibles conmigo, ignorando descaradas red flags y dejándome llevar por mis proyecciones.
Obviamente, enero tuvo la culpa (me reservo el autoanálisis para mi terapeuta). Pero después de una exhaustiva investigación de campo, estoy convencida de que, en realidad, esta no es la mejor época del año para tener citas, ni siquiera sexo casual. En lugar de eso, tiene mucho más sentido concederse un periodo de sobriedad sexual y romántica, tomarse un descanso e invertirlo en cultivar aficiones, cuidar las amistades, mimar el cuerpo y canalizar toda esa nueva energía hacia una misma y las personas cercanas. Puede que a finales de mes te sientas revitalizada y preparada para cualquier perspectiva sentimental que se te presente. O quizá no.
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Este año ya lo he empezado de otra forma. Borré sin inmutarme todas las apps de citas del móvil justo después de Navidad –algo que antes solo hacía en medio de una rabieta– y los planes saludables con amigos han llenado esos fines de semana que antes solía ocupar con citas: cenas caseras, salidas al cine, largos paseos, visitar a amistades que viven fuera… Ya no me siento obligada a conocer gente sin parar este mes, al menos no hasta el punto de buscar activamente a alguien por el bien de cumplir tal o cuál propósito visto en Instagram. Prefiero priorizarme a mí misma durante un tiempo. De momento, lo recomiendo. Aunque solo sea por eso, pausar las citas te deja mucho tiempo libre: imagina la cantidad de la logística que ahorras solo con prescindir de los rituales de belleza previos a una cita.

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