04/07/2026

El body shaming: el cuerpo como último reducto para rebajar a una mujer (poderosa)

La educación de las niñas debería ser materia de estado. Como todavía no lo es, muchas dedicamos nuestro tiempo libre a debatir su importancia a la hora de cambiar las cosas: mientras sigamos escuchando desde que somos unas bebés que nuestra valía depende de nuestro físico, llevaremos las de perder. En la última década, el feminismo ha vivido su enésimo repunte, pero ni siquiera así hemos dejado de lado la obsesión por alcanzar un ideal estético inabarcable —es un ideal, por tanto jamás se consolida—. Y ahora las niñas se acercan de manera más temprana a la cosmética, reforzando así la sensación de que para “triunfar” y ser feliz hace falta ser guapa (y delgada). La preocupación está fabricada, construida, no es real, pero como todos los constructos goza de un poder inabarcable. Y afecta a las más ricas, a las más pobres; a las de aquí, a las de allá; a las más feministas, a las que lo no lo son. Ser consciente de ello podría ser liberador: como es un ideal inalcanzable, mejor ni lo intentamos. Pero no hace falta decir que la consciencia de que estamos viviendo en una simulación, en una trampa del patriarcado capitalista, no nos impedirá seguir dando vueltas en una rueda como hámsteres bebés.

Eso lo sabemos nosotras y lo saben ellos, así que el body shaming funciona como una herramienta de destrucción masiva, pero sobre todo de disciplinamiento. Desde el instituto, nuestro cuerpo es sujeto de discusión —tanto para “bien” como para mal—, y nuestra sexualidad, analizada y cuestionada al detalle. No hay salida. Agujero de conejo. Rabbit hole. Y aunque la mayoría hemos dejado atrás hace mucho tiempo los pasillos del instituto, el body shaming sigue en activo. La furia se hace aún más evidente si una mujer se niega a machacarse por haber ganado unos kilos, o por no lucir normativamente perfecta. O cuando, sin pedir permiso, se atreve a subirse a unos tacones, se siente guapa (o no) y anuncia: “Hola, estoy aquí”. ¿Pero por qué molesta tanto? “Si vamos a ocupar el espacio público, tenemos que hacerlo bajo sus condiciones”, explica Andrea Proenza, escritora e investigadora especializada en afectos y cultura digital y autora de Cartografías del deseo amoroso. “Quieren que sea el menor posible, para tenernos pequeñas y acallar nuestra voz. Desde el momento en que una mujer no responde a ese ideal hegemónico de corporalidad, estará ocupando el espacio público bajo sus propias condiciones, no bajo las que el sistema le impone, por eso reaccionan de manera agresiva; reaccionan con más furia que si esta fuese un objeto de deseo disfrutable”, continúa.

Y en un momento en el que el machismo se actualiza a través de las redes sociales, la imagen de las mujeres —concretamente, su cuerpo— es un motivo de humillación y violencia a través de memes como este, en donde Rihanna es vejada por un usuario verificado en X. ¿Su delito? Haber engordado después o antes de dar a luz. O con respecto a cuando tenía 18 años y acababa de lanzar Umbrella. En cualquier caso, la foto es solo eso, una foto, con un ángulo y una luz concretas. Cualquiera podría salir “bien” o “mal” en una instantánea, aunque tuviese la carita de un ángel, como la cantante de Barbados. “Muchísimas mujeres reciben violencia de forma sutil o de manera directa, simplemente porque no responden a ese ideal de delgadez que ha vuelto a imponerse”, opina Proenza. “La delgadez es un elemento de control, la normatividad es domesticación. Porque ningún cuerpo es normativo, solo aspira a la norma o se le acerca por privilegio o por casualidad”, añade la escritora y activista antigordofobia Aida González Rossi.

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