25/06/2026

El Espejo y la Flor: el universo enigmático de Mercè Rodoreda

Si hay algo que define a la literatura de Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908 – Gerona, 1983) son sus dualidades: la inocencia y al mismo tiempo la crueldad; la luminosidad y la opacidad; la belleza y el horror. Figura fundamental de las letras catalanas, la escritora desafía cualquier etiqueta fácil. Su prosa, de un lirismo intimista, sigue fascinando por lo enigmático y la profundo de unos personajes y un mundo interior tan rico como hermético.

Parte de ese misterio podemos encontrarlo en Espejo roto (Mirall Trencat), la novela que Seix Barral ha republicado recientemente, con la mítica traducción de Pere Gimferrer. Rodoreda la escribió durante su retiro de madurez en Romanyà de la Selva, un refugio donde brotó una de sus etapas creativas más fértiles, en las que comenzará a escribir también Cuanta, cuanta guerra, Viajes y flores y continuará otra de sus obras maestras: La muerte y la primavera, que no llegó a finalizar en vida. Este torrente de creatividad estuvo íntimamente ligado a la casa que habitaba en compañía de Carmen Manrubia, y no es casualidad. Espejo roto es, también, la crónica de una casa y, a través de ella, del eterno ciclo en el que la vida construye y deshace destinos.

En sus páginas, Rodoreda sigue la extraordinaria transformación de Teresa Goday, una vendedora de pescado que llega a convertirse en matriarca de una poderosa familia burguesa. A través de ella y del testimonio de un sinfín de personajes podemos asistir a la suerte de su vida y la de sus descendientes, al esplendor y, finalmente, a la decadencia y venta del hogar familiar, devorado por la fría lógica de la rentabilidad. Esta pérdida, este desarraigo, resonaba profundamente en la propia vida de la autora, marcada por los altibajos.

Porque antes de la guerra, Rodoreda había sido la viva imagen de la mujer moderna e intrépida: una joven ambiciosa que se abrió paso en la efervescente cultura catalana de los años 30, ejerciendo de periodista y publicando en revistas como La Publicitat y Clarisme, entrevistando a escritores y publicando sus primeras novelas, como Aloma –que ganó el premio Joan Crexells en 1937– o Un dia en la vida d’un home, esta última de la que renegaría más tarde.

Sin embargo, en 1939, tras la derrota republicana, Mercè Rodoreda se vio obligada a huir de Cataluña, como tantos otros intelectuales. Su primer refugio fue la localidad francesa de Roissy-en-Brie, cerca de París, donde compartió momentos con su amiga Anna Murià. Allí, la crudeza del exilio se tradujo en una lucha por la supervivencia: se mantuvo primero gracias a ayudas en el primer año, y más tarde, ejerciendo sus notables dotes como costurera y con el sueldo de su pareja, el escritor Armand Obiols. Este período de exilio que duró más de veinte años y en el que además tuvo que vivir en varios países, marcó una ruptura brutal, un desarraigo que se convertiría en un sustrato fundamental de su literatura.

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