El perfume luminoso de primavera que huele a higos, ámbar y a un jardín en pleno marzo
En la madrugada del sábado 28 al domingo 29 de marzo, quienes nos encontremos en esta franja horaria del hemisferio norte veremos cómo el reloj se nos adelanta una hora. A las 2:00 AM serán (por fin) las 3:00 AM. Es el momento exacto que ese 65-70% de españoles que preferiría mantener el horario de verano de forma permanente, entre los que me incluyo, espera desde hace seis meses. A partir de ahí, los días comenzarán a alargarse poco a poco, el sol volverá a hacerse notar, la lluvia nos concederá una merecida tregua, los árboles frutales estallarán en color y las floristerías se llenarán de rosas, peonías, tulipanes, claveles, lirios, margaritas y calas de temporada. Después llegará el verano. Más tarde, con septiembre, el otoño, y vuelta a empezar. Y así, sucesivamente.
Sin embargo, esta primavera será, en mi caso, diferente a las demás: he decidido cambiar de perfume el 20 de marzo, coincidiendo con su inicio. En realidad siempre adapto mis fragancias a la estación en la que me encuentre, como quien cambia de armario, con aromas más cálidos, dulces e intensos en invierno y en verano otros más frescos, florales o incluso marinos. Un poco en función de lo que me pida el cuerpo, la verdad. Son el otoño y la primavera, con sus temperaturas más moderadas, los me invitan a experimentar un poco más en estos términos. Y es también ahí donde entra en escena mi último descubrimiento aromático.
Se trata de Nomade Jardin d’Égypte, la última incorporación de Chloé a la familia Nomade; un aroma que nunca había percibido en nadie hasta que mi padre, con muy buen criterio, decidió regalárselo a mi madre el pasado San Valentín. ¿Su premisa? Le parecía la fragancia perfecta para despedir el invierno porque, según él, olía como la parra de la higuera de nuestro jardín en esas tardes en las que la primavera ya es más una antesala del verano que una sucesora del invierno. Y por rara que me pareciese una descripción así de romántica viniendo de mi padre, a.k.a. la persona más pragmática del universo, no pude estar más de acuerdo. Era un perfume luminoso, casi solar, con matices melosos de dátil, acordes de higo y un fondo ambarino, cálido y envolvente de aceites esenciales, corteza de canela y madera de sándalo. Como si inspirases profundamente en un prado en pleno marzo, cuando los días son más largos y el verano se acerca, mientras los últimos rayos de sol te iluminan y templan el rostro.
Para ponerle aroma a esa sensación, la perfumista Caroline Dumur se inspiró en el verdor de un jardín rebosante de flores y árboles frutales, y lo concibió como un homenaje a los antiguos papiros, símbolos de vida eterna y renovación en el Antiguo Egipto. El resultado es, a mi juicio, la simbiosis perfecta entre la sensualidad del ámbar, la frescura jugosa del higo y el dulzor justo de los dátiles secándose al sol. Una mezcla cuando menos curiosa que a mi madre, como no podía ser de otra forma, le fascinó. Yo me hice con él al día siguiente; ahora, lo difícil será esperar a la primavera para estrenarlo.
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