28/06/2026

En bragas a la oficina: una historia en primera persona

Aunque mi referencia era, por supuesto, Kendall Jenner con aquel look viral de Bottega Veneta con el que se paseó por las calles de Los Ángeles con un ramo de girasoles en la mano y ese aire effortless chic que la caracteriza, mi realidad en el mundo de los mortales era bastante diferente (y mucho menos fotogénica). Y me di cuenta de ello cuando corrí detrás de mi hijo por las calles de Chamberí luchando para que no se me saliera un cachete del culo. Una imagen muy poco nonchalant y bastante alejada del imaginario californiano de una supermodelo.

Al llegar a la escuela infantil, hubo muchas miradas, como era de esperar. Algunas rápidas, otras más detenidas, todas claramente juzgadoras. Una madre con la que tengo confianza se me acercó con gesto de angustia y me susurró; “Mayte, se te ha olvidado ponerte la falda”. No sabía muy bien qué contestar, así que recurrí a una fórmula que he usado en repetidas ocasiones durante mi vida; “El look es así. Es la moda”.

Tuve una breve conversación con la profesora en la que me informó, con total naturalidad, de que el día anterior mi hijo había hecho “una deposición normal”, de que están practicando canciones gesticuladas y de que ese día iban a comer contramuslos de pollo con zanahorias, su plato favorito. Yo asentía, interesada, mientras una parte importante de mi cerebro solo podía pensar en que iba en bragas.

Kendall Jenner con bragas de Bottega Veneta

Alix Newman/Shutterstock / ipa-agency.net

Anna dello russo con bragas y rebeca de abuela

Jacopo Raule/Getty Images

En la redacción de Vogue, las reacciones de mis compañeros fueron mucho más favorables. No es de extrañar si tenemos en cuenta que están acostumbrados a ver los estilismos más excéntricos. A grito de ‘cuerpazo’, ‘vas ideal’ y ‘te quedan increíble’, mi autoestima aumentó estrepitosamente y confieso que el experimento empezó a resultarme convincente. Aunque también hubo algo de escepticismo; ‘¿No te da un poco de vergüenza?’, ‘yo no podría’.

Tras pasearme por los pasillos de la oficina como si de una pasarela improvisada se tratase, continúo con mi día con normalidad; me siento en mi sitio a trabajar, voy al baño, a por un café… Y a ratos olvido que no llevo pantalones. Además, acudí a varias reuniones y eventos y a nadie pareció sorprenderle hablar conmigo mientras estaba en ropa interior. Así funciona la industria de la moda, supongo.

En bragas a la oficina una historia en primera persona

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