La enfermedad del ocio: por qué el cuerpo se rebela cuando por fin estamos de vacaciones
La situación nos suena la mayoría: llega el primer día de vacaciones y el cuerpo se viene abajo. Dolor de garganta, migraña, cansancio repentino y, a veces, incluso fiebre. Como si el organismo esperara al tan ansiado descanso para soltar por fin lo que llevaba meses acumulando. Este fenómeno tiene un nombre: leisure sickness, literalmente, la “enfermedad del ocio”. Se refiere a esa bajada en las defensas que se produce justo en el momento en que se relaja la presión, tras un periodo prolongado de estrés continuo. Diversos estudios han abordado el tema, entre ellos los trabajos de Sonnentag y Fritz sobre la recuperación psicológica o las investigaciones de Kivimäki sobre la relación entre el estrés crónico y la salud física. Y pese a las diferencias, todos llegan a una misma conclusión: el cuerpo necesita tiempo para comprender que por fin puede descansar y bajar la guardia.
¿Qué es la enfermedad del ocio?
El sistema nervioso no se detiene a voluntad
El problema es que el cambio no se produce en un abrir y cerrar de ojos. Tras meses de hipervigilancia, carga mental y noches de sueño escaso, el sistema nervioso permanece en estado de alerta mucho después de que el cuerpo se haya detenido físicamente: a menudo se necesitan varios días para que el cortisol baje realmente, para que la digestión se estabilice y para que el sueño recupere su carácter reparador. El resultado es que los primeros tres o cuatro días de vacaciones aún no son vacaciones. Son días de recuperación, en los que, sin saberlo, estamos pagando la factura del año que acaba de terminar.
Preparar el terreno antes de irse de vacaciones
Es precisamente esta constatación la que ha llevado a algunos expertos en bienestar a proponer estrategias para facilitar la transición entre el ritmo acelerado del día a día y el descanso vacacional. Entre ellas se encuentra Summer Reset, un programa de cinco días creado por la coach de bienestar Fleur Leventhal, que plantea una idea sencilla: “Volver a conectar con uno mismo, con el fin de estar realmente listo desde el primer día de vacaciones”.
Según explica Leventhal, se trata de desactivar, con antelación, aquello que nos impide disfrutar plenamente una vez allí. Es decir, descansar antes de descansar. La idea puede resultar paradójica, pero responde a una realidad fisiológica bien documentada: sin preparación, el cuerpo tarda en comprender que por fin puede bajar el ritmo. Anticiparse a este cambio es regalarse la oportunidad, poco habitual, de estar plenamente presente desde las primeras horas de las vacaciones, en lugar de esperar al final de la estancia para sentirse por fin uno mismo.

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