03/07/2026

¿Es el sombrero ‘pillbox’, el accesorio clave del invierno 2026, solo apto para ‘influencers’?

Como periodista, siempre me ha parecido muy problemático el dicho de que una imagen vale más que mil palabras. Como persona no exenta de contradicciones, aquí va, una imagen:

Vogue prueba pillbox collage

Todas estas prescriptoras de moda –fotografiadas recientemente en las calles de la Gran Manzana– tienen algo en común.Collage: María San Millán. Fotos: Getty Images

Además de su presencia ubicua en Instagram, las fotografías de street style que nos ha dejado la reciente Semana de la Moda de Nueva York lo han vuelto a confirmar: el pillbox hat [el sombrero favorito de Lady Di y Jackie Kennedy] es una de las tendencias más potentes del invierno 2026. Hace meses que yo misma quería experimentar con este accesorio en un Vogue (A)prueba, el formato en el que los redactores de la cabecera testamos en primera persona las corrientes y piezas de estilo más arriesgadas del momento, pero fue mi compañera Marina Valera la que dio con el enfoque definitivo para ponerlo en marcha: ¿es el pillbox solo apto para influencers o podría una simple mortal defenderlo en el trajín del día a día?

Decidida a responder esta pregunta, el jueves pasado salí de mi casa con un estilismo que, sin dejar de ser cómodo, era más arreglado de lo que es habitual en mí. Saqué del armario la chaqueta de Zara en blanco roto con la que me hice pareja de hecho, le metí una blusa con lazo debajo, un pantalón de pinzas en marrón chocolate, calcetines y bailarinas en el mismo color (aunque usé las deportivas para los trayectos) y lo coroné –nunca mejor dicho– con el citado pillbox hat. En este caso, una creación de lana marrón de la fabulosa marca Maison Olà, fundada por Gregory Mizele y María de la Orden, y especializada en accesorios capilares.

Modelo ‘Le Pillbox – Brown Wool’. Hecho a mano en Francia.

A las siete de la mañana, cuando puse un pie en la calle y me dirigí a coger el autobús en Las Rozas para bajar a Madrid, lo primero que noté es una cuestión práctica que no puede ser obviada: es ligero, pero te protege del frío. Ahí bien. Luego, hay otra verdad innegable: llevar sombrero no solo te levanta el look, también te levanta el espíritu. Hay un efecto inmediato de améliezación de la vida. Una sutil efervescencia interna; una promesa en el aire. En caso de tener un día de mierda, una estaría en todo su derecho de responder: “Oiga, a mí ya más no se me puede pedir”.

El conductor del autobús actuó con absoluta naturalidad, ni una risita disimulada ni una mirada indiscreta ni nada por el estilo. Un gran profesional. Supongo que, por otro lado, en materia estética, en sus años al volante habrá visto varias cosas que no creeríamos. Lo cierto es que, quitando a algún que otro pasajero que sí parecía interesado en el accesorio –y así lo manifestaron escrutando mi estilismo en detalle de arriba abajo–, tampoco me sentí especialmente observada. Lo mismo ocurrió cuando, ya en Moncloa, subí al metro. O bien por disimulo o bien por escasez de interés o bien por abundancia de sueño, el trayecto transcurrió, para mi sorpresa, sin ninguna interacción reseñable. De hecho, ante la falta real de acción me vi impelida a pedirle a una chica que iba agarrada a la misma barra que yo que me hiciera una foto. Ella se partió un poco de risa. Yo me morí un poco de vergüenza.

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