28/06/2026

¿Estamos dejando de comprender y ayudar a los demás? Los riesgos de perder la empatía en el trabajo (y en la vida)

Las consecuencias de perder la empatía

La convulsión que vivimos como humanidad, no tiene precedentes. Atravesamos un momento de transición profunda, en el que viejas certezas han dejado de serlo, mientras que las nuevas aún no están formadas. Los expertos hablan de una policrisis, donde varios conflictos conviven a la vez: tensiones geopolíticas, inestabilidad social, inflación, transformaciones tecnológicas y el cambio climático gritando por nuestra atención. En medio de todo esto también observamos una crispación de opiniones y emociones, donde la empatía se ve seriamente comprometida.

El doctor José Sánchez García, neurocientífico y autor de Empatía en un mundo que duele (Grijalbo) la define como “la capacidad de comprender y compartir los estados mentales (entender perspectivas) y afectivos de otros (sentir con el otro)” y añade que es un mecanismo evolutivo para predecir comportamientos y fomentar la cooperación con los nuestros. Además, hace una interesante diferenciación con la simpatía, alegando que esta se dirige desde la propia experiencia: “Te preocupa que el otro esté triste, pero no te pones triste tú. Si te preocupa y te entristece, ya es empatía”. Señala que confundirla con complacencia puede llevar a agotamiento y paradójicamente a no saber si lo que sentimos es exagerado, impostado o genuino. Diferencia entre la empatía auténtica y otras formas más superficiales. “En la empatía reactiva, el foco está en uno mismo. No siento con el otro, sino que experimento contagio emocional e identificación en exceso. En la auténtica el foco está en lo que el otro experimenta. Conmueve, pero no desborda por completo. Se mantiene la distinción yo-otro, necesaria para tomar perspectiva”.

Tiempos de hiperconexión

No podemos ignorar que todos estos fenómenos sociales, políticos o medioambientales los podemos seguir a través de nuestros teléfonos móviles las 24 horas del día. Estamos hiperconectados y saturados de información, algo que también impacta en la manera en la que procesamos los acontecimientos. Según describe la psicóloga experta en trauma Ana Galán Dalmau cuanto más estímulo emocional recibimos, menos capacidad real tenemos de procesarlo, lo que da lugar a lo que se conoce como fatiga empática. “La crispación creciente –ese clima de “todo me afecta” y “todo me molesta”– nos empuja a priorizar nuestra propia narrativa, dejando poco espacio para comprender la de los demás. Y sin comprensión no hay empatía, y sin empatía no hay liderazgo sostenible”, alega.

Por su parte, el Dr. Sánchez García explica que tenemos un límite para ‘sufrir con’, y que pasado cierto punto esa capacidad de sentir al otro nos supera y nos predispone, por exceso, a la fatiga por compasión. “Es tan intensa que la persona se retrae de la empatía”. Aclara que ocurre a menudo en profesiones en donde hay mucho contacto con el sufrimiento del otro o implican relaciones sociales intensas, como en la sanidad, servicios de emergencia o en la misma docencia. “Conocer nuestros límites empáticos permite modular cuánto sufrimiento podemos sentir por los demás. A veces respuestas aparentemente frías son mecanismos de protección ante el sufrimiento ajeno por vulnerabilidad propia”.

Como experto en investigar las emociones sociales en el cerebro, Sánchez incide en que las redes sociales permiten el contacto, pero no el vínculo, ya que la empatía que generan es selectiva y rápida en forma de likes, lejos de la comprensión real de los demás y sus situaciones y circunstancias. Habla del llamado efecto de la víctima identificable: “Empatizamos con causas ajenas, pero sin tener que establecer lazos con el que sufre, dedicarlo tiempo, escucha y acción”.



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