28/06/2026

¿Y si el autocuidado tuviera más que ver con la calma que con la perfección?

¿Y si el autocuidado tuviera más que ver con la calma que con la perfección?

«Dormir bien. Pedir ayuda. Delegar. Tener tiempo libre. Pasear. Poner límites. Repartir responsabilidades». La lista parece sencilla. Casi demasiado sencilla para una época en la que el bienestar se ha convertido en una industria multimillonaria capaz de generar nuevas tendencias, dispositivos y rutinas a una velocidad vertiginosa.

Sin embargo, fue precisamente esta idea la que llamó nuestra atención hace unas semanas al escuchar una reflexión de la psicóloga sanitaria integrativa Celia Domínguez (@puravida.psicoterapia). En un vídeo publicado en redes sociales, la especialista planteaba una cuestión que resulta tan obvia como incómoda: quizá hemos terminado confundiendo el autocuidado con la autooptimización constante.

La observación llega en un momento especialmente revelador. Basta con pasar unos minutos en TikTok o Instagram para encontrarse con una sucesión aparentemente infinita de rituales destinados a mejorar nuestra vida. Dormir con cintas faciales para evitar arrugas, utilizar máscaras LED antes de acostarse, monitorizar el sueño mediante aplicaciones, tomar suplementos para optimizar el descanso, practicar baños de agua fría, levantarse a las cinco de la mañana para meditar, entrenar y exponerse a la luz solar, registrar los niveles de estrés, la frecuencia cardíaca o el número de pasos diarios… Nada de ello es necesariamente negativo. De hecho, muchas de estas herramientas cuentan con respaldo científico y pueden resultar útiles para determinadas personas. La cuestión no es si funcionan o no. La cuestión es otra: ¿en qué momento el bienestar empezó a parecerse tanto a un trabajo?

La obsesión por convertirnos en nuestra mejor versión

Durante años, el discurso del bienestar se presentó como una respuesta necesaria frente a una cultura marcada por el agotamiento, la hiperproductividad y la falta de tiempo. Cuidarse significaba descansar, escucharse y proteger la propia salud física y emocional. Sin embargo, algo parece haber cambiado por el camino.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han advertía en La sociedad del cansancio (2010) que las sociedades contemporáneas habían sustituido las formas tradicionales de control por una dinámica mucho más sofisticada: la autoexigencia. Ya no necesitamos que alguien nos obligue a producir más. Somos nosotros mismos quienes asumimos esa tarea. «El sujeto de rendimiento se explota a sí mismo», escribe Han. Y quizá pocas áreas reflejan mejor esta idea que la industria contemporánea del bienestar.

Lo que comenzó como una invitación a cuidarnos parece haberse transformado, en algunos casos, en una nueva lista de obligaciones. Hay que dormir mejor, entrenar mejor, comer mejor, meditar mejor, descansar mejor y gestionar mejor nuestras emociones. El problema no es el deseo de sentirnos bien. El problema es que incluso el bienestar empieza a evaluarse en términos de rendimiento. Dormir deja de ser simplemente dormir para convertirse en una actividad susceptible de ser optimizada. Caminar deja de ser un placer para transformarse en un objetivo cuantificable. Leer deja de ser una forma de ocio para convertirse en crecimiento personal… Incluso el descanso parece necesitar una justificación.



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