Todo esto para decir que entiendo este giro. Y en los tres primeros episodios de la nueva temporada, que la crítica ya tenido ocasión de ver, hay muchas cosas positivas. El ritmo y el montaje, frenéticos; las impávidas voces en off, el humor negro, las magistrales interpretaciones, los espectaculares efectos visuales… Todo lo que nos gustaba de Euphoria sigue intacto. Pero alejada de la intimidad y la estructura del instituto, a veces da la sensación de divagar y perderse en su nuevo gran mundo, como si no supiera en qué centrarse. Entiendo perfectamente por qué se ha hecho una tercera entrega, pero todavía no estoy muy convencida de que fuera necesaria.
Aun así, el primer episodio es una maravilla. Las aventuras de Rue como mula de la droga son a la vez espeluznantes y divertidas, en esa cuerda floja por la que Levinson siempre ha sabido sostenerse con pericia. Y Zendaya, como era de esperar, está fantástica, metiéndose sin esfuerzo en la piel de la ruda adicta que trata de recuperarse y salir de un agujero cada vez más profundo. Sus primeros momentos en la serie tienen matices del western No es país para viejos, con su toque de devotos partidarios de Trump, perros rastreadores, compinches que ponen los pelos de punta y globos rellenos de fentanilo que se tragan con lubricante. Funciona extraordinariamente bien, y nos recuerda por qué Euphoria, truculenta, alegre y sin tapujos, puede golpear tan convincentemente en sus mejores momentos.


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