10/07/2026

‘Fjord’, la nueva película de Renate Reinsve, te atrapa de principio a fin

En 2007, el director rumano Cristian Mungiu se llevó la Palma de Oro con 4 meses, 3 semanas y 2 días, un durísimo retrato sobre el aborto clandestino que todavía hoy sigue dejando huella. Ahora regresa a este Festival de Cannes 2026 con Fjord, una película igualmente incómoda, intensa y profundamente necesaria, que se adentra en temas como la inmigración, el rechazo cultural y los límites de la integración a través de una historia ambientada en los paisajes más remotos de Noruega. Protagonizada por Sebastian Stan y Renate Reinsve, la cinta se ha convertido fácilmente en una de las grandes sorpresas del festival y, sinceramente, no sería extraño verla competir de nuevo por el máximo galardón.

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En el centro de la historia está la familia Gheorghiu: Mihai, un ingeniero rumano interpretado por Stan —que también nació en Rumanía—; su mujer Lisbet, a quien da vida Reinsve; y sus cinco hijos. Tras la muerte de la madre de Mihai, la familia decide abandonar Rumanía para instalarse en Noruega y estar más cerca de la familia de ella. Durante los primeros minutos, Mungiu construye casi una especie de cuento moderno. Entre montañas inmensas, lagos helados y pequeñas casas que parecen sacadas de una postal, la nueva vida de los Gheorghiu parece avanzar con calma: los vecinos son amables, los niños empiezan a integrarse en el colegio y todo transmite la sensación de haber encontrado, por fin, un hogar.

Pero bajo esa aparente tranquilidad empieza a crecer una tensión constante y silenciosa. Lisbet trabaja como enfermera preparando los cuerpos de personas fallecidas y, aunque le piden que mantenga la religión al margen de su trabajo, su profunda fe cristiana la lleva a acercarse a una mujer en duelo ofreciéndole apoyo, una Biblia y un espacio en su iglesia. Mihai, por su parte, deja atrás su carrera como ingeniero aeronáutico para trabajar en informática y suele tocar himnos religiosos al piano, algo que despierta cierta incomodidad entre sus compañeros de trabajo. Sus hijos rezan, siguen normas estrictas y reciben una educación muy disciplinada, aunque la llegada de una nueva compañera de clase empieza a despertar una actitud más rebelde en los mayores. Poco a poco, los vecinos noruegos empiezan a observar a la familia con cierta distancia, cada vez más incómodos con sus costumbres y su forma de vivir.

Todo cambia cuando una de las hijas aparece en el colegio con un moretón en la cara. A partir de ahí, y en un ambiente extrañamente frío y burocrático, los profesores sospechan inmediatamente de los padres. Cuando la niña admite que a veces recibe un azote si se porta mal, los servicios sociales intervienen sin dudarlo. La película entra entonces en una espiral devastadora. Un policía interroga a Mihai sobre cómo educa a sus hijos y, poco después, Lisbet recibe la noticia de que las autoridades van a llevarse a los cinco niños, incluido el bebé al que todavía está amamantando. La escena, rodada con una serenidad inquietante, resulta demoledora. Mientras una bandera noruega ondea detrás de la ventana, Lisbet pasa de la incredulidad al pánico absoluto al comprender que, según la ley de su propio país, sus hijos ya no están seguros con ella.

Mungiu filma el dolor con una delicadeza brutal. Hay una secuencia especialmente dura en la que Lisbet entrega a su bebé mientras Mihai observa desde una ventana. Apenas vemos sus rostros, pero el lenguaje corporal de ambos transmite una desesperación tan contenida como insoportable. A partir de ahí comienza una batalla agotadora: cursos de parentalidad, terapia de control de ira, visitas vigiladas a unos hijos repartidos en distintas familias de acogida y un proceso judicial que parece alargarse indefinidamente.

La situación se complica todavía más cuando Mihai decide acudir a la prensa rumana y convierte el caso en un supuesto ejemplo de persecución religiosa. A las puertas del juicio empiezan a aparecer manifestantes ultraconservadores defendiendo los valores tradicionales de la familia, algo que termina empeorando una situación ya de por sí asfixiante.

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