¿Hemos dejado de ver las ‘green flags’?
Cuando escuché hablar acerca de la ley del péndulo, me pareció fascinante y desde entonces la tengo siempre presente. Habla de que todo lo que somos y lo que hacemos oscila entre dos extremos opuestos. Tanto las emociones como los movimientos sociales o la propia naturaleza, parecen jugar a experimentar un lado y el otro hasta encontrar el equilibrio. Al final, ese vaivén forma parte de la vida y aceptarlo, de nuestro aprendizaje. Recuerdo, por ejemplo, cuando empecé a leer acerca de nutrición y a consultar expertos. Me obsesioné. Mi despensa se radicalizó. Aunque tiempo después fui comprendiendo que el objetivo era introducir hábitos saludables, cuidar lo que como, pero siendo flexible y habitar esa escala de grises que, dicho sea de paso, se me da fatal.
Al hacer scroll en mis redes sociales, mi obsesión por esta ley me confirma lo certera que es. Si bien hace años no se hablaba de salud mental o de relaciones tóxicas, actualmente existen millones de trends y contenido dirigido a identificar esas señales de alerta que pueden indicar que algo no va bien. Las llamadas ‘red flags’ forman parte de nuestro vocabulario y del imaginario colectivo; tanto es así, que la propia Rosalía habla de esa “red flag andante” en ‘La perla’, sin que nadie necesite ni traducción, ni explicación al margen.
Hoy en día, ¿quién no es capaz de identificar a un narcisista o detectar si nos están haciendo ‘love bombing’?, y lo hacemos con la misma soltura con la que elegimos la crema hidratante que nos conviene. Hemos pasado de no hablar de ello, a que ocupen el centro del discurso. Algo que era francamente necesario. Sin embargo, muchos expertos empiezan a advertir que se nos está yendo de las manos, sobre todo si incluimos en la ecuación a la IA y el auge que existe entre los más jóvenes de buscar en ella consejo, apoyo psicológico o consuelo.
¿Estamos perdiendo la capacidad de ver lo bueno de las cosas?
Hemos agudizado los sentidos para detectar esos comportamientos tóxicos en los demás —no tengo muy claro que seamos igual de finos con los propios—, algo que tiene que ver más con la supervivencia que con las tendencias, según explica Alejandra García Mundi, psicóloga de Yees!: “El cerebro, tiende a priorizar lo negativo, porque lo asociamos a un riesgo. Hoy en día, ese detector de amenazas se nos activa con un comentario seco, un reel en Instagram, un error en el trabajo. Pero ¿qué tipo de relaciones estamos construyendo cuando solo miramos lo que falla?”. Esa es la pregunta que ronda mi cabeza desde hace tiempo. ¿Qué pasaría si empezáramos a poner atención a las ‘green flags’?, no con una perspectiva naíf, sino desde la serenidad de quien tiene una autoestima fuerte y sabe elegir lo que le conviene, dejando de lado el juicio.
García Mundi confirma que tendemos a quedarnos atrapados en el comentario desafortunado de alguien, olvidando todas las cosas buenas que hizo bien antes. “Recordamos con más facilidad lo que salió mal, en lugar de todo lo que sí funcionó”, y añade que vivir en modo, “detector de fallos” cambia completamente la forma en la que construimos las relaciones. “Nos vamos haciendo más autoexigentes, más perfeccionistas, y empezamos a sostener expectativas demasiado altas, tanto hacia nosotras mismas como hacia los demás. Esto nos lleva a ser más críticos, a interpretar peor las intenciones ajenas y a generar vínculos más defensivos que cercanos”. La experta advierte que cuando solo señalamos lo que falla provocamos un impacto en la autoestima de las personas, dando lugar a sentimientos de insuficiencia.

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