24/05/2026

Hacer más fotos de nuestras amigas

Si ahora mismo miráramos la galería de cualquier persona de veintitantos, probablemente encontraríamos entre diez mil y cincuenta mil fotos acumuladas. En mi caso, la cifra es bastante más absurda: tengo más de 90.000 imágenes y, sinceramente, ni yo misma sabría explicar cómo he llegado a ese punto. Me quejo constantemente de que el teléfono se recalienta, de que nunca tengo suficiente almacenamiento y de que debería borrar aplicaciones, pero aun así sigo haciendo fotos todos los días. Capturas de poemas, cielos de colores bonitos, árboles, el mar, detalles extraños que encuentro mientras camino y, sobre todo, miles y miles de fotografías de mis amigas.

En un momento en el que las redes sociales parecen haber llegado al límite de la saturación y estar realmente presentes se han convertido casi en un lujo moderno, mi obsesión por hacer fotos no tiene nada que ver con construir una imagen perfecta. No busco una estética calculada ni imágenes pensadas únicamente para publicarlas después. Hago fotos porque necesito recordar cómo se sentía exactamente ese instante. Y, en realidad, creo que todos hemos hecho eso alguna vez. Existe algo profundamente humano en querer conservar un momento importante, dejar constancia de que estuvimos ahí. Lo hacemos cuando escribimos diarios, cuando contamos anécdotas, cuando pintamos, fotografiamos o guardamos cartas antiguas. Hace poco apareció en Brasil una pintura rupestre de más de 12.000 años conocida como El Beso. Y lo fascinante no es solo su antigüedad, sino pensar que alguien, hace miles de años, sintió la necesidad de inmortalizar algo que para él también significaba mucho.

Porque, al final, ¿qué impulsa a alguien a dibujar una escena sobre una roca? ¿Y qué nos lleva hoy a sacar el móvil y fotografiar a una persona que queremos?

Para la ayudante de dirección Aparajita Agnihotri, de 24 años, hacer fotos siempre ha sido una necesidad natural. Explica que siente el impulso automático de fotografiar cualquier cosa que le parezca bonita o emotiva, especialmente cuando está compartiendo tiempo con amigos. Dice que, de alguna manera, siente que está creando sus pequeñas películas personales, donde sus amigos se convierten en protagonistas involuntarios. A través de la cámara romantiza su realidad, pero también conserva las emociones de esos momentos, especialmente el cariño que había detrás de ellos.

Ella tampoco cree que hacer fotos le impida vivir el presente. Y tiene sentido. Durante años se nos ha repetido constantemente aquello de “deja el móvil y disfruta del momento”, pero quizá haya algo igual de valioso en poder volver a esos recuerdos más adelante. Al crecer, nuestros padres fotografiaron gran parte de nuestra infancia y ahora somos nosotros mismos los que volvemos de vez en cuando para evocar una vida de la que apenas nos acordamos, todo porque ver esas fotos significa recordar quién eras, de dónde vienes y quiénes han formado parte de tu vida. Y probablemente esa sea también la razón por la que muchos seguimos llenando la galería del móvil sin parar.

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