Este artículo contiene spoilers de ‘Más que rivales’
Después de ver Más que rivales (o Heated Rivalry en su versión original) en un solo fin de semana, hice algo que casi nunca hago: volver a empezarla. No soy de repetir series (me gusta más probar cosas nuevas), pero con esta serie necesitaba una segunda vez para digerirla de verdad. ¿Y si se me habían escapado matices, detalles mínimos en una frase o una mirada? ¿En qué momento exacto se enamora Ilya (Connor Storrie) de Shane (Hudson Williams), y al revés? ¿Qué es exactamente lo que Ilya murmura cuando Shane lo empuja contra la pared? El primer visionado es pura tensión, adrenalina, casi peligroso; el segundo sirve para atrapar todo lo que se pasó por alto. El tercero, dicen, es simplemente por placer.
Y no soy la única que se ha visto en bucle Heated Rivalry. Cuanto más hablo con la gente, más claro me queda que volver a verla una y otra vez no solo es habitual, sino necesario. “Es como mi cuento antes de dormir”, comentaba una usuaria de TikTok, que suele ver solamente los episodios cinco y seis, o a veces todos menos el tres. “Ya me la he visto seis veces”, dice otra, que no se había dado cuenta hasta ahora de cómo Ilya tira una lámpara mientras juegan al fútbol en el jardín y Shane la vuelve a poner en su lugar después, un gesto mínimo que resume a la perfección su relación. Algunas personas están quedando únicamente para ver Más que rivales en grupo por todo el mundo, con espectadores coreando los diálogos, como en esas proyecciones interactivas de Grease o Mamma Mia.
La psicóloga de referencia Esther Perel ofrece una lectura tan certera como reveladora sobre este fenómeno. Para ella, Más que rivales tiene un claro efecto terapéutico. “La serie es una actividad reparadora preciosa”, explica en un vídeo. “Una amiga mía la estaba viendo por cuarta vez… y sabía que cada vez que esperaba que ocurriera algo malo, simplemente no pasaba”. Es decir: Kip (Robbie Graham-Kuntz) deja caer los platos y, en lugar de ser despedido, recibe consuelo. Shane se cae sobre el hielo y, en vez de acabar gravemente herido, despierta y le propone a Ilya irse a la cabaña. Shane sale del armario con sus padres y, lejos del rechazo, es acogido con los brazos abiertos. A fuerza de volver a verla, la sensación de peligro se desvanece y cualquier amenaza de desastre queda neutralizada.
“Volver a verla es como acariciar un peluche”, continúa Perel. “Entras en ese mundo y es un lugar seguro, amable, empático, lleno de cariño. Es un antídoto contra la dureza de la realidad a la que muchos nos enfrentamos hoy”. Por eso lo define como una “experiencia reparadora”: una versión idealizada de la vida en la que, en lugar de castigos o consecuencias negativas, las situaciones desembocan en consuelo, ternura y alivio. Una especie de nana contemporánea a la que apetece volver, una y otra vez.

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