Aro berria está nominada a los Feroz en la categoría Arrebato de Ficción, se presentó en el Festival de San Sebastián y lleva varios meses recalando en otros certámenes de primer nivel. Y, como no podía ser de otro modo en una pieza tan experimental y personal, las críticas han sido apasionadas. Es probablemente la película más divisiva de cuantas se verán en cines en 2025, se ama o se odia. “Yo no era consciente de que esto iba a ser así. Resulta interesante entender por qué resulta incómoda. hay mucha gente que se siente así con la representación de la sexualidad. Creo que es muy elocuente, esas secuencias son largas, pero no son tan explícitas. Se presentan en un marco al que no estamos acostumbrados. Provocan excitación, asco, tedio y al final genera incomodidad. Era una parte crucial de la película”, reflexiona. “La represión que sufren los protagonistas se queda en el inconsciente, en el cuerpo, y no te desprendes tan fácilmente. De repente se forzaban a sí mismos a transgredir los límites, sobre todo en lo sexual. Tu manera de vincularte en lo sexual te hace sentir asco, miedo y rechazo. Era importante que la representación de lo sexual no fuera complaciente”, añade. “No quería que fuera vanilla. A nivel social hemos heredado parte de esa represión y nos cuesta estar en la butaca sosteniendo la incomodidad”.
“Sé que la película es difícil a muchos niveles y el planteamiento narrativo también. No se parece a mucho que hemos visto. Se espera una narración propia del cine de ficción y esta película no opera dentro de esa lógica, aquí hay un ensamblaje de diferentes escenas que están basadas en documentos históricos”, apostilla la cineasta. “Se puede pensar que no se entiende, pero es que no hay nada que entender. Déjate llevar por lo que te propone la película. No tengo la voluntad de incomodar, pero sí quería hacer la película así”.
Para terminar de rematar las costuras de esta película como parte de un proceso artístico mucho más amplio, hasta el 6 de enero se puede visitar en Tabakalera, el centro de arte donostiarra, Arcoíris 82, una exposición que reúne todo el trabajo de investigación y algunos de los cortos previos de Gorostidi. “Yo vengo de Bellas Artes y para mí el imaginario, los referentes, vienen del arte. Siempre me ha interesado lo que está entre el cine y el arte. Yo no sabía que iba a poder plantear la propuesta que está en el museo, me llegó la propuesta en montaje”, rememora la directora. “Me sirvió saber que muchas imágenes que se quedaron fuera iban a tener otro uso. En la instalación otro material que son los testimonios de los actores hablando a cámara donde hablan de una experiencia en los rodajes. Eso tiene un registro demasiado documental. Se da una mezcla ahí entre lo vivencial y el ejercicio de representación. En la película no podía estar porque era muy complicado volver después a la ficción. Es un complemento bueno, le da una capa que aporta mucho”, concluye.

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