A lo largo de su carrera, Julia Roberts ha establecido una relación constante con los Globos de Oro. Su presencia en la ceremonia ha acompañado las diferentes etapas de un recorrido artístico que la ha visto pasar de promesa emergente a icono absoluto del cine estadounidense. En total, la actriz ha cosechado nada menos que once nominaciones a los Globos de Oro, llevándose a casa tres estatuillas –por Magnolias de acero como actriz secundaria en 1990, por Pretty Woman en 1991 y por Erin Brockovich, el drama de que anticipó su victoria en los Oscar, en 2001–, cifras que hablan de una rara continuidad y de una capacidad para atravesar las décadas sin dejar de ser siempre central en la narrativa de Hollywood.
Cada aparición sobre el escenario o en la alfombra roja ha contribuido a reforzar esa imagen de estrella auténtica, nunca construida, capaz de alternar papeles populares e interpretaciones más complejas. Pero de todas sus apariciones, una sigue siendo especialmente memorable: la edición de 1990. Entonces con sólo 22 años, Julia Roberts participó en la 47ª edición de los Globos de Oro como nominada en la categoría de Mejor actriz de reparto por Magnolias de acero (1989), que ganó esa noche, marcando uno de los primeros premios decisivos de su carrera.
En aquella ocasión, la actriz optó por romper con las convenciones del glamour femenino de la época, apareciendo con un traje gris marengo de Giorgio Armani, tomado de la colección masculina del diseñador. Una elección audaz, casi desarmante en su sencillez, que hablaba de personalidad más que de tendencia.
Todos los detalles del look Giorgio Armani Privé de Julia Roberts para los Globos de Oro 2026
Julia Roberts eligió una creación de Giorgio Armani Privé para los Globos de Oro 2026, confirmando una vez más su relación privilegiada con una elegancia medida pero nunca predecible. La actriz lució un gran vestido de soirée: largo, negro, esculpido en un delicado terciopelo de seda, con una falda suave que acompaña el movimiento y pronunciados tirantes que definen la silueta con rigor sartorial. Por delante, la línea se abre en un profundo escote corazón que desciende casi hasta la cintura, dibujando un refinado equilibrio entre sensualidad y control.
Sin embargo, es en los detalles donde el look revela su verdadera fuerza narrativa. Interrumpe la pureza del vestido un larguísimo collar: una cadena dorada que se desliza por el pecho para culminar en una fresa roja, un elemento inesperado y abiertamente lúdico, utilizado también como anillo de cóctel, sujeto entre los dedos con naturalidad. La manicura también está coordinada, eligiendo un esmalte de uñas color fresa. Un gesto irónico que rompe la solemnidad del negro e introduce una nota de consciente ligereza.

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