Cortesía de Netflix
Jarvis (Matthew Rhys), es un rico y carismático promotor inmobiliario con un oscuro pasado: su primera esposa desapareció sin dejar rastro, y muchos lo consideran el principal sospechoso. Cuando Aggie lo conoce, se siente fascinada y perturbada al mismo tiempo. El hombre ejerce sobre ella una atracción difícil de explicar, hecha de curiosidad, miedo y deseo. Aggie decide escribir un libro sobre él, convencida de que contar su historia le permitirá volver a escribir, pero sobre todo recuperar el control sobre su propia existencia. Sin embargo, cuanto más se adentra en el mundo de Nile, más comienza a disolverse la línea que separa la ficción de la realidad, la verdad de la manipulación.
Chris Saunders
Aggie y Jarvis, dos almas rotas
Temáticamente, la serie aborda cuestiones universales como la culpa, el duelo, la ira y el deseo de venganza. Pero, sobre todo, habla del poder y el control, de cómo el amor puede convertirse en dominación y de cómo la búsqueda de la verdad puede convertirse en una forma de ejercer la violencia. En La bestia en mí –que recuerda a títulos como Perdida, Big Little Lies o Heridas abiertas, si bien con una voz propia, más intimista y triste, menos interesada en el giro argumental y más en la lenta erosión de la conciencia– asistimos al paulatino descenso de los protagonistas a un abismo moral que transforma la historia en una investigación sobre la naturaleza misma de la humanidad. Aggie y Nile no son dos polos opuestos, sino dos caras de una misma verdad: que cada uno de nosotros alberga su propia bestia, lista para emerger cuando la vida nos enfrenta a la pérdida y el resentimiento.
Aggie es una mujer rota que intenta recomponerse, pero cuanto más intenta recuperar su propia vida, más acaba perdida en la del otro. Su relación con Nile es una danza de atracción y repulsión, un vínculo que se convierte en espejo de sus miedos más profundos. Nile Jarvis, por su parte, es un personaje enigmático y ambiguo: es fascinante pero inquietante, vulnerable y calculador, sincero y mentiroso al mismo tiempo. Su carisma es tal que incluso el espectador, como Aggie, se ve obligado a cuestionarse constantemente quién es realmente: un monstruo, un inocente o simplemente un hombre que ha aprendido a convivir con su propia oscuridad.


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