El director Christopher Nolan no quería por nada del mundo que La Odisea fuera otro péplum hollywoodiense de espadas y sandalias. “Le repugnan los clichés cinematográficos sobre la Antigüedad”, afirma Ellen Mirojnick, la diseñadora de vestuario de la película, que ya había trabajado con Nolan en Oppenheimer. “No buscábamos recrear una época histórica concreta, sino evocar un periodo atemporal”.
Aun así, aunque evitaron diseñar el típico vestuario ambarino de la Edad del Bronce, Mirojnick sí quería que esta historia trascendental tuviera un aire antiguo. “Tenía que resonar emocionalmente con el espectador moderno”, explica. Para lograr ese equilibrio, recurrió a tejidos que ya se utilizaban en aquella época. “Usamos lino, cuero y, por supuesto, bronce”, explica. “De hecho, el bronce fue un gran recurso, porque en los típicos péplum suele brillar demasiado”.
Y es que la diseñadora se vio inmersa desde el principio en una historia que ya llevaba más de diez años gestándose. La Odisea comienza al final de la Guerra de Troya, con los soldados y sus vestiduras desgastadas por las duras condiciones. “Es un mundo agotado, atormentado, oxidado por la sal, fracturado”, explica Mirojnick, quien vistió a Odiseo (Matt Damon) y a su tripulación con bronce patinado y cuero curtido en la batalla. “Cada traje tenía que transmitir esa esencia. La estética incidió en la textura, el peso y la erosión de los tejidos. Queríamos que pareciera que realmente lo habían desenterrado”.

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