La arrolladora saga histórica de Steve McQueen, la primera (y única) película de un director negro en ganar el Oscar a la mejor película, es un logro extraordinario: la odisea del violinista libre Solomon Northup (un magistral Chiwetel Ejiofor), que es brutalmente secuestrado y vendido como esclavo en un estado del sur a principios de la década de 1840, tiene un peso comparable al de las ganadoras clásicas, pero con una diferencia sustancial: un punto de vista nuevo y una narrativa visceral que sentaron precedentes. Ganó tres estatuillas –una a la adaptación de John Ridley y otra más a mejor actriz de reparto, al emocionante trabajo de Lupita Nyong’o– pero, en realidad, debería haber conseguido muchas más.
Birdman (2014)
Cuando la comedia negrísima, alucinógena y vertiginosa de Alejandro González Iñárritu ganó el premio a la mejor película frente a una serie de estrenos que parecían opciones más lógicas –El francotirador, Boyhood, The Imitation Game, Selma, La teoría del todo–, se empezó a notar que los vientos se alejaban de la convención en favor de elecciones más eclécticas. La Academia siempre ha sentido debilidad por las películas sobre actores, más todavía si son actores de teatro –véanse grandes mejores películas como La melodía de Broadway (1938) y Eva al desnudo (1950)–; pero esta sátira despiadada, con un reparto de lujo formado por Michael Keaton, Naomi Watts, Emma Stone, Edward Norton y Andrea Riseborough, destacó además por ser gozosamente mordaz, divertida en sus desdichas y original hasta la locura. Se merecía los cuatro Oscar solo por el nudo en el estómago que te deja su escena final.

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