Seguro que más de una vez te han preguntado: “¿Le escribo?”. Cuando me ocurre, mi respuesta nunca es la esperada: “Claro, si te apetece, hazlo”. Quien está al otro lado me mira como diciendo: “Puede que tengas razón, pero no, no me convences”. Y acto seguido, la persona en cuestión elabora un discurso que glosa las virtudes del hacerse esperar, la mística del pasotismo. “Es que sin un poco de misterio tampoco tiene gracia”. Contraataco diciéndole que no se trata de atosigar a nadie, sino de aplicar un poco de cordura. Que se puede mostrar interés y ser natural sin participar en ese juego de poder del que parece complicado o directamente imposible zafarse.
El miedo no es infundado y se puede palpar. Las aplicaciones de citas han acabado por llevar hasta el paroxismo la cuestión de los afectos. Vivimos aterrorizadas por si nos hacen ghosting o lovebombing o breadcrumbing o nos vemos afectadas por cualquier otro neologismo aplicado al amor tal y como se comporta hoy en día. La sensación de alerta es constante —se siente como ir pisando huevos, me dijo una amiga— y lo extraño es que algo entre dos (o más personas) salga bien. Leemos sobre casos insólitos, de parejas que se llevan bien o que se han casado tras conocerse en apps de ligoteo —véase el alcalde de Nueva York y su mujer, Rama Duwaji—, como si ese fuese un objetivo vital casi inalcanzable, al que todas deberíamos aspirar. Como esa vieja historia en donde solo importaba encontrar al príncipe azul para vivir felices y comer perdices por los siglos de los siglos, pero actualizada, con iphones y violencias mediadas por el mercado. Así que cada oportunidad que nos brinda la vida (o Hinge o Tinder o Bumble o Feeld) es crucial porque cualquier atisbo de faux pas se paga con el unmatch.
Y entretanto se estrena la serie que narra la breve y truculenta historia de amor entre Carolyn Bessette y John F. Kennedy Junior. No contaré más de lo debido, solo diré que en Love Story las cosas se hacen a la vieja usanza. Y teniendo en cuenta que comienza en la primera mitad de la década de los 90, es normal. Las chicas guapas se hacen esperar y ellos las conquistan. Si además quien lo hace es el soltero de oro de la Gran Manzana, entonces mejor fingir que no te mueres por él y hacerse un poco la dura; a fin de cuentas, hay muchas aspirantes para el puesto. Por eso cuando John liga con Carolyn, ella se niega a darle su teléfono y él acaba encargando un traje en Calvin Klein para volver a verla.
Por si el mensaje —si quieres gustarle, hazte de rogar— no estuviera claro, Carolyn le dice poco antes a su compañera Grace:

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