La alfombra roja de la Met Gala es el lugar idóneo para que las celebrities se animen a saltarse cualquier límite. Mientras se respete, aunque sea de soslayo, el dress code que el Costume Institute establece cada año, no hay regla de estilo que desentone. Aunque el desmadre no está ni mucho menos asegurado. Lo cierto es que, en los últimos años, la velada se ha vuelto mucho más tradicional y sobre todo los hombres están optando por vestir de etiqueta al uso, con trajes y esmóquines clásicos.
Aunque siempre hubo quien, en los albores de la Met Gala, se atrevió a arriesgarse. Allá por 2001, Alan Cumming subió las escaleras del museo con un kilt de tartán rojo, sin importar que el tema de ese año fuera “Jacqueline Kennedy: The White House Years” –en verdad nada que ver con su atrevido atuendo–. Algo después, en 2006, el difunto diseñador Alexander McQueen también se presentó en la alfombra roja envuelto en tartán –presuntamente un guiño a sus raíces escocesas– y a juego con su acompañante de la noche, Sarah Jessica Parker. Y cómo olvidar cuando Marc Jacobs, en 2012, se plantó un vestido de encaje de Comme des Garçons con unos boxer transparentándose debajo… “Es que no quería ponerme un esmoquin y ser un aburrido”, dijo de aquel look años más tarde.
Ya en los 2010, tras un repunte de experimentación en las pasarelas masculinas, los invitados del Met comenzaron a adoptar estéticas mucho más libres. Tal y como dijo Jacobs, ser “un aburrido” ya no estaba bien visto. Adiós a los trajes de siempre y hola excentricidad. Algunos de los mejores estilismos de la pasada década han sido los más locos. Jaden Smith llevó está locura al extremo cuando posó en la alfombra roja de 2017 con sus propias rastas en la mano. Otros lookazos ganadores han surgido de un compromiso absoluto con el dress code oficial. Kanye West, por ejemplo, llevó un look robótico de Balmain en honor a la temática tecnológica que hilaba la gala de 2016; la capa angelical de Versace que llevó Chadwick Boseman respondía al tema “Heavenly Bodies” de 2018; Jared Leto entendió ‘lo camp’ mejor que nadie en 2019 llevando bajo el brazo una réplica de su propia cabeza, diseñada por Alessandro Michele de Gucci.

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