Podría parecer que una novela con un trasfondo oscuro, pero Las huérfanas funciona casi como el cierre luminoso a un duelo. “Vengo de ver Hamnet y Sentimental Value, y las conecto. Siendo dos películas muy distintas, ambas hablan del arte como posibilidad de recuperar o emanciparte del trauma”, introduce la autora. “La escritura es una forma de redención para los que hemos tenido infancias duras. Te da la posibilidad de revisitar la infancia desde el ahora, tratar de entender quién era esa mujer que hacía daño y me permite perdonar mucho de lo que pasó”.
La decadencia de la matriarca de esta familia se documenta y narra como el acto final de esa gran actriz arriba mencionada. “En el cine se ve muy claro: el final es fundamental. Cuando es malo, la película no se salva. Siempre pensé en mi mamá como ese gran personaje y tuvo el final de una diva”, concede. “Los últimos años se los gozó, el acto de cierre fue gozoso. Le encantó ser el centro de atención, pedir helados, poner música o masajes en los pies. Estaba muy en control de esa última escena y resultó en algo bello”.
Está atravesada Las huérfanas por la enfermedad mental, diagnosticada o no, tanto de la madre de Escobar como del padre. También de las generaciones anteriores. Se derriba aquí ese tabú asociado a las dolencias que no se pueden apreciar a simple vista. “Hay una obsesión con la cordura en nuestra sociedad. Mi madre vivió en la negación total de la enfermedad mental, nunca se quiso tratar ni hacer terapia. Esa negación creo que es en sí misma una enfermedad mental, lo trata de alguna manera en el libro”, comparte la escritora. Su propio padre no fue diagnosticado de trastorno límite de la personalidad hasta los últimos momentos de su vida. “La obsesión por estar sanos tiene algo de patológico, ese forzarnos a estar bien. ¿Por qué? Esta novela tiene algo rebelde en ese sentido porque la vida puede ser más interesante y divertida cuando hay dolor, tensión y choque. No sería la persona que soy hoy de no haber tenido a la familia que me curtió”.
Se enmarca el libro en el género de la autoficción. Prácticamente funciona como una genealogía familiar, unas memorias. Un género, el de esa autoficción, que últimamente ha estado en el centro del debate cultural por las fronteras, impuestas o no, que marcan los propios autores. “El límite ha estado en pasar por la aprobación de toda la familia. Esto fue un proceso casi de terapia colectiva. Mis hermanas leyeron, mi tía y mi prima. Dio mucho para una catarsis. Mis hermanas me llevan muchos años y no sabían que muchas cosas habían ocurrido. Hay gente que tiene mucha maldad de enseñar cuando ya está escrito, pero no ha sido así”, rememora la autora. “Se debe escribir pensando en lo que van a decir los demás. Es falso decir lo contrario. Escribes para que se lea y guste a quienes lo leen. Esto es un libro tramposo, en cierta manera, porque es autoficción, sin duda, y la gente puede sentir que hay mucho exhibicionismo. Si lo piensas también se dan muchos silencios, hay lo que no se está contando y a lo mejor se intuyen, pero no están. Eso, para mí, ha sido muy importante”.

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