El local se presenta como el escenario perfecto para una cita: un espacio diáfano, con luz tenue, atmósfera íntima y toques industriales donde la barra, diseñada por el estudio Plutarco, es la absoluta protagonista. Su distribución consigue un ambiente distendido, que invita a interactuar con la cocina sin comprometer la intimidad de los comensales.
Aunque lo mejor empieza cuando empiezas a degustar, una a una, las delicias de su carta. El tamaño de sus bocados permite pedir sin miedo y probar buena parte de su propuesta: de entrantes como el Tamago toro –un huevo relleno de atún toro y mayo tamago– o el Miso de Cocido, a crudos como el Tartar Myo Maguro –con atún, yema de huevo cruda y salsa MYO– o uno de los platos estrella de esta primera sección, el Soba Carbonara con atún toro. A continuación, llega la mejor parte, un festín a base de hand rolls. De los más aclamados, como el Maguro –con atún, tomate y regañás–, y el Ebi –con angostino frito, ajillo, kimchi, fue nuestro favorito–; a las últimas incorporaciones con el pescado flameado, como el Suzuki –a base de lubina, grasa de vaca y ponzu– y el Toro Aburi.
La experiencia gastronómica se puede disfrutar acompañando los bocados de alguno de los vinos que conviven en la carta o alguno de sus cócteles de autor. Nuestra recomendación es que apostéis por sus cócteles, porque no se nos ocurre mejor complemento para un festín a base de temakis y otras delicias con pescado crudo. Y, para terminar el banquete, en MYO ofrecen un único postre: un Mochi helado con praliné y crema de chocolate. Confieso –y con esto cierro mi crónica de una cita sin un solo pero– que es el mejor mochi que he probado en Madrid.




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