30/06/2026

Noelia Cortés: Mortal y rosa: del flamenco y las manos

Hablaba Francisco Umbral, en su bellísima novela Mortal y rosa, sobre la historia y genealogía de las manos. Venía a decir que somos nosotros quienes vamos detrás de nuestras manos, que nos arrastran a un destino por cumplir. Que la mano habrá escrito alejandrinos y pentagramas, pero su forma se la ha dado el crimen y la caza: las manos tienen el molde de la violencia y, por eso, redactan leyes violentas. La cultura no ha conformado la mano como la guerra.

“La guerra y el crimen no son sino un volver a lavarse las manos en la sangre primera de las destrucciones prehistóricas (…) Las manos van pasando lentamente de la luz a la sombra, o de la sombra a la luz, de la selva al salón, de la cacería a la cultura, del crimen al poema”.

Desde el día en que leí aquel párrafo he pensado, habitualmente, en cuál será entonces el destino escondido entre las manos del Pueblo Gitano. Me encantaría hablar con Umbral sobre la certeza de que son otras manos las que han redactado las leyes para nuestra persecución, las que nos han apresado y desterrado. Que son las manos nuestras las que han desempeñado tantos trabajos forzados, las que han trenzado las sillas de mimbre y forjado en las fraguas los cubiertos y las llaves para sus hogares.

Francisco me contestaría que las manos, en el amor, son aves creadoras; que tienen días de paloma y días de garra. Y yo le preguntaría: ¿será por esto que tantas manos gitanas acaban caracoleando por los cielos del flamenco?

Cuántas manos sacando compases primitivos a fuerza de aporrear las herraduras de los caballos contra los yunques. Tantas, tantísimas manos recogiendo los poquitos objetos íntimos que podían llevar consigo al huir de las redadas. Qué gran desfile de manos, como un largo camino de hormigas mudándose de ciudad, han contorneado la identidad castigada de un pueblo, tirando de él hasta sacarle sonido y forma a aquel mencionado destino por cumplir.

Estoy convencida de que Francisco distinguiría, inmediatamente, las manos del baile flamenco aprendido académicamente y las manos del baile flamenco natural —el del antepasado que nos habita en la cal del esqueleto—. En ambos casos estamos presenciando un espectáculo de baile flamenco, pero en uno estamos atendiendo al estudioso de la técnica de un dolor simbólico, casi que folklórico y, en el otro, estamos encogidos de notar que al bailaor le sabe la boca a sangre. En este último caso, la más sencilla de las gestualidades puede levantar el ole de un teatro entero. Un gesto que casi todos podríamos, de forma expresamente física, reproducir: un giro de muñeca sobre la cabeza, un ramillete de flores que salen volando del pelo al dar la vuelta, una mueca en el segundo preciso en el que todo está en silencio… Lo imposible es conmover desde la ensoñación de unas manos ajenas.

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