En un Festival de Cannes 2026 marcado por un cine mucho menos volcado en Hollywood y mucho más interesado en las producciones independientes e internacionales, una de las películas que más expectación había generado era Paper Tiger, el nuevo drama criminal ambientado en el Nueva York de los años ochenta dirigido por James Gray. La cinta suponía, además, el esperado reencuentro en pantalla de Scarlett Johansson y Adam Driver después de Historia de un matrimonio, y sobre el papel parecía reunir todos los ingredientes necesarios para convertirse en uno de los grandes títulos del festival. Sin embargo, el resultado final está bastante más cerca de un thriller irregular y excesivamente solemne que de esa gran historia de tensión policiaca que prometía ser.
La premisa, al menos, resulta atractiva desde el principio. La historia se sitúa en Queens en 1986, con las Torres Gemelas dominando el horizonte al otro lado del East River. Allí conocemos a Irwin, interpretado por Miles Teller, un ingeniero metódico y padre de familia que atraviesa un momento de bloqueo personal y económico. Junto a su mujer Hester, a quien da vida Scarlett Johansson con una estética deliberadamente recargada —peluca voluminosa, gafas enormes y un marcado acento nasal—, sueña con una vida más cómoda y con poder ofrecerle un futuro mejor a su hijo mayor, incluso enviarlo a una universidad de prestigio sin tener que vivir constantemente haciendo sacrificios.
Entonces aparece Gary, el hermano mayor de Irwin, interpretado por Adam Driver, un antiguo miembro de la policía neoyorquina convertido en hombre de negocios de dudosa reputación, tan carismático como extravagante. Seductor, impulsivo y siempre impecablemente sucio en el mejor sentido cinematográfico del término, Gary convence a su hermano durante una ostentosa cena familiar para que se una a un lucrativo proyecto relacionado con la limpieza del contaminado canal Gowanus de Brooklyn. Según él, hay muchísimo dinero en juego, especialmente si aprovechan las credenciales de ingeniero de Irwin. El problema llega cuando descubren que tendrán que trabajar junto a un grupo de mafiosos rusos ya implicados en la operación.
Todo funciona relativamente bien hasta que deja de hacerlo. Los rusos, retratados aquí de una manera tan exagerada y caricaturesca que rozan constantemente la parodia, comienzan a sospechar de los dos hermanos. Gary insiste una y otra vez en que no son más que “tigres de papel”, aparentemente peligrosos pero inofensivos en el fondo, aunque la amenaza va creciendo escena tras escena. Irwin, demasiado correcto y demasiado incapaz de mirar hacia otro lado, empieza a hacer preguntas incómodas y termina presenciando accidentalmente un crimen que lo coloca directamente en el punto de mira de la mafia.
Hay dos momentos concretos en la película que sí consiguen generar verdadera tensión. Uno de ellos ocurre cuando Irwin se despierta de madrugada y descubre que alguien ha entrado en su casa mientras dormía: los muebles han sido movidos de sitio y sobre la mesa encuentra varias fotografías instantáneas de su mujer y sus hijos dormidos apenas unos minutos antes. La secuencia, construida desde el silencio y la inquietud más doméstica, funciona de manera genuinamente perturbadora. La otra gran escena llega con un tiroteo rodado entre hierba alta, probablemente el fragmento más logrado visualmente de toda la película.


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